Leer Lolita en Teherán (fragmento)Azar Nafisi

Leer Lolita en Teherán (fragmento)

"Recogí las notas y los libros apresuradamente y salí del aula un tanto preocupada. Habían pasado solo unos cuantos días después del juicio contra Gatsby y su ambiente todavía impregnaba la clase. En los pasillos algunos estudiantes me abordaban para hablar sobre la novela y darme su opinión. Dos o tres escribieron espontáneamente trabajos respecto al tema. Al salir a la luz tenue de la tarde, hice un alto en la escalera atraída por una discusión vehemente entre un puñado de estudiantes musulmanes y sus oponentes marxistas y laicos. Todos ellos gritaban y manoteaban. Vi que a corta distancia de la muchedumbre, Nassrin escuchaba sus argumentaciones.
Se me acercaron Zarrin, Vida y una amiga de ellas de otra clase. Allí permanecimos sin hacer nada, mirando el espectáculo, haciendo comentarios banales, cuando, con el ceño decidido, salió por la puerta el señor Bahri. Se detuvo un momento en los anchos escalones, alzándose a mi lado. Sus ojos acompañaron mi mirada hasta el grupo en disputa. Me miró sonriente y dijo: «No pasa nada, solamente están divirtiéndose», y se fue. Ahí mismo me quedé, pasmada, con Zarrin y sus amigas.
Una vez que se hubo dispersado el grupo, Nassrin se quedó con actitud titubeante, por lo que la invité a que nos acompañara; tímidamente se acercó. La tarde era cálida, los árboles y sus sombras insinuaban bailar. No sé bien cómo, pero mis alumnas me llevaron a hablar de mi etapa de estudiante. Les hablé sobre la idea de protesta que concebían entonces los estudiantes estadounidenses: jóvenes de pelo largo corriendo desnudos por el campus.
Reíamos por un momento, cuando terminaba de contar mis anécdotas; luego callábamos según volvíamos a mirar la escena a nuestro alrededor. Les dije que posiblemente mis mejores recuerdos eran los relacionados con los profesores. Cuatro de mis favoritos, les comenté riendo, eran en realidad el doctor Yoch, un conservador; el revolucionario doctor Gross, y los doctores Veile y Elconin, ambos liberales. Una de ellas dijo:
—Ah, profesora. —Se dirigían hacia mí con el nombre de «profesora», que en esa época me sonaba todavía más raro que ahora—. Le habría gustado el profesor R., que hasta hace poco tiempo enseñaba en el departamento.
De él, solo uno o dos alumnos no habían oído hablar; otros lo conocían y uno más había asistido unas cuantas veces a sus clases. Era profesor de la Facultad de Bellas Artes, popular y controvertido crítico de cine y de teatro, y autor de cuentos. Era, digamos, un innovador: a los veintiún años ya había sido nombrado director literario de una revista, y al poco tiempo, él y unos cuantos amigos tenían cantidad de enemigos y admiradores en el mundillo de la literatura. Dicen que a punto de cumplir los cuarenta, había hecho el anuncio de que planeaba retirarse. Corrían rumores de que estaba escribiendo una novela.
Uno de mis alumnos lo calificó de carácter variable e imprevisible. Le corrigió la amiga de Zarrin, diciendo que solo era diferente y no de carácter variable. Otra más se expresó con un brillo de comprensión:
—Sabe, profesora, alguien como él es uno de esos hombres que están destinados a convertirse en leyenda; imposible que se les puede pasar por alto.
Se contaba que él no ponía un límite horario preciso a sus clases; una podía iniciar a las tres de la tarde y seguir durante cinco o seis horas, y los estudiantes debían quedarse hasta tanto no acabara. Pronto se extendió su fama, principalmente entre los cinéfilos, y una considerable cantidad de estudiantes de otras universidades se escapaban de clases para asistir a las suyas, a pesar de estar castigado. Sin el carné de estudiante no se permitía el ingreso al recinto de la Universidad de Teherán. Pero como se había convertido en un desafío participar en sus clases, los más osados y rebeldes se saltaban las vallas para burlar la vigilancia de la entrada. Aquellas clases siempre estaban colmadas, e incluso había estudiantes capaces de esperar de pie durante horas para poder entrar.
El profesor impartía clases de arte dramático y cine: teatro griego, Shakespeare, Ibsen y Stoppard; Laurel y Hardy y los Hermanos Marx. Él veneraba a Vincente Minnelli, John Ford y Howard Hawks. Mentalmente tomé nota de los comentarios y los conservé para después. Años más tarde, cuando por mi cumpleaños me regaló los vídeos de El pirata, Johnny Guitary Una noche en la ópera, recordaría el día aquel en los escalones de la universidad.
Vida me preguntó si conocía su última proeza antes de que fuera expulsado. «Antes de que lo expulsaran se fue», la corrigió otra. «No sabía nada sobre su expulsión —comenté—, ni por supuesto de la proeza de que me hablan.» Pero luego de haberla escuchado por vez primera, siempre estuve lista para repetirla ante cualquiera que quisiera escucharme. Cuando, muchos años después lo conocí en persona, obligué a «mi mago», a narrármela una y otra vez. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com