Las noches del buen retiro (fragmento)Pío Baroja

Las noches del buen retiro (fragmento)

"Matilde Leven, la maestra, después de ganar unas oposiciones, se había marchado a Bilbao y pensaba tomar posesión de su cargo al comenzar el otoño.
Matilde escribía constantemente a Carlos Hermida, quien le contestaba con excesiva frialdad. Carlos se hallaba dispuesto a abandonar a su novia. Entre doña Antonia y él decidieron de manera irrevocable que el matrimonio con la maestra no les convenía. Podía conseguir Carlitos algo mejor.
Matilde escribía también a Adelaida, y ésta le contestaba tranquilizándola; su hermano le seguía fiel, aunque andaba muy preocupado con la manera de encontrar una posición segura y estable.
Carlos había logrado una noche, en los jardines del Buen Retiro, lo que le convenía.
Su hallazgo era una mujer de unos treinta y tantos años, gruesa, de cara redonda, un poco abultada, inteligente al parecer, muy correcta, muy discreta, vestida siempre sin exageración. Se llamaba Fernanda Arias Mejía y tenía una gran fortuna sólida.
Fernanda acompañaba con frecuencia a tres señoritas muy ricas y poco agraciadas. La gente mundana y de perversa intención les daba a éstas el nombre de tres torpederos de la marina de guerra española, Terror, Furor y Proserpina. Como las tres señoritas tenían pretendientes que se suponía marchaban como leones en busca de la dote, a éstos se les daba el nombre de tres cañoneros o barcos de guerra: el Audaz, el Osado y el Temerario.
Fernanda, huérfana de padre y de madre, vivía con una hermana casada; era, por lo que decían sus amistades, mujer muy sensata y muy práctica.
Carlos comenzó a seguirla y a rondar su casa. Al principio pintó entre los amigos y conocidos estos amores como una broma o manera de pasar el tiempo de verano; luego, cuando consiguió formalizar el noviazgo, cambió al momento y tomó otra actitud.
Dejó Hermida de frecuentar los jardines con el pretexto de ir a los estrenos de otros teatros. Aparecía en la tertulia de don Paco solo, muy de tarde en tarde y con el objeto de que su ausencia no produjera críticas acerbas contra él. Según las pragmáticas de su madre, no convenía romper las amistades violentamente.
A los dos meses de conocerla, Carlos estaba en relaciones formales con la señorita de Arias Mejía, y poco después entraba en la casa ya como un novio serio y aceptado.
Fernanda le había medido a Carlos en su inteligencia y en sus sentimientos, y no se engañó.
No aspiraba a un marido brillante; le veía a Carlos como a un joven de quien se puede sacar partido. Era para ella el tipo medio del hombre, del cual una mujer puede esperar una vida tranquila y relativamente feliz, el homo domesticus, como hubiera dicho el doctor Guevara.
A principios de julio, Carlos reunió todo el dinero de la casa, dejando a la familia en las últimas, para poder pasar quince días en San Sebastián. Luego fue a un pueblo de la provincia de Zamora, donde Fernanda y su hermana tenían una magnífica finca.
Carlos seguía engañando y mintiendo a Matilde; le decía que sus asuntos no se arreglaban y andaban de cabeza. Con Thierry y los periodistas amigos pretextaba el estar atareado con cuestiones de familia. "



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