Los hijos (fragmento)Gay Talese

Los hijos (fragmento)

"Joseph no dijo nada. Cerró los ojos y permaneció inmóvil, resignado ahora a esa posición. Se sentía indignado y humillado. Notaba el aliento de Sebastian en la nuca. Aparte del gorjeo de los pájaros en los árboles y el lejano mugido de las vacas, no había más sonidos en la granja. Estaba dominado por Sebastian. Y sin embargo, estaba decidido a no llorar. Preveía más hostigamiento, pero en aquel momento Sebastian parecía haberse cansado o aburrido. Su cabeza descansó sobre la espalda de Joseph durante unos instantes, y de repente lo liberó. Joseph se inclinó hacia delante, y los brazos cayeron pesados y entumecidos a los lados. Se acuclilló con la cabeza entre las rodillas y comenzó a frotarse los brazos. Sebastian se le acercó y se quedó delante de él. Joseph vio las polvorientas botas de su hermano, pero no levantó la vista.
—Lo siento —oyó decir a su hermano, que le entregó un pañuelo, como si Joseph estuviera llorando, pero este lo rechazó de un manotazo.
Cayó al suelo. Joseph se enderezó y apartó la mirada de su hermano. Al otro lado del campo vio una carreta tirada por un caballo y unos peones, y el polvo que levantaban las ruedas. Era casi la hora de la siesta. Sin hacer caso de Sebastian, aunque consciente de la sombra inmóvil que se inclinaba a su lado, caminó rápidamente hacia el sendero del bosque que subía en cuesta hasta la carretera que llevaba al pueblo. Todavía tenía los brazos doloridos y entumecidos. En aquel momento odiaba a su hermano. Le odiaba y lo compadecía. Sebastian tendría que quedarse en la granja.
Aunque a Sebastian le había sentado mal que su abuelo le obligara a quedarse en la granja, también le desagradaba ir a la escuela. Contrariamente a Joseph, Sebastian había sido incapaz de seguir el ritmo de las clases. Apenas sabía leer ni escribir. Era un pendenciero. Después de varias quejas de los profesores, lo expulsaron para siempre del colegio; y fue en ese momento cuando Domenico Talese, su abuelo de setenta y tres años, el patriarca de la familia en Maida, aprovechó la oportunidad para poner a trabajar a Sebastian en la granja a tiempo completo.
Aunque en esa granja trabajaban otros cincuenta parientes y amigos, Domenico a menudo se quejaba de que casi todos eran unos pigri, perezosos, y unos meschini, inútiles, y también demasiado viejos y frágiles para un trabajo pesado. Los hombres más jóvenes y más enérgicos del pueblo ya se habían visto atraídos por la fantasía de la democracia en América, observaba a menudo Domenico con amargura, olvidándose de mencionar que entre los pioneros de esa fantasía se encontraba su hijo primogénito, Gaetano, el padre de cuarenta años de Sebastian y Joseph, que se había ido a América a la ventura a los dieciséis —en 1888—, después de una riña con Domenico. Según la historia que a Joseph le había contado su madre (que se había casado con su padre durante una de las visitas de este al pueblo, aunque luego se había negado rotundamente a acompañarlo de vuelta a América), la primera riña entre Gaetano y Domenico surgió cuando el primero se resistió a la determinación de su padre a obligarlo a trabajar en la granja. Y ahora Domenico intentaba hacer lo mismo con el hijo mayor de Gaetano, Sebastian, aunque procurara apaciguarlo con la promesa de que si le obedecía y permanecía lo bastante cerca de él para empaparse de su sabiduría, algún día se convertiría en el único heredero de su propiedad. Esta incluía no solo la granja, sino también el molino harinero de Domenico, su acueducto, su negocio de prestamista (si Sebastian aprendía a emular su astucia, le recalcaba siempre a su nieto) y también la hilera de casas de piedra de la ladera de la colina que Domenico poseía, y que la parentela de los Talese ocupaba como inquilinos.
Sebastian a veces se jactaba ante Joseph de la promesa de su abuelo de convertirle en un hombre rico, pero Joseph nunca sentía envidia de su hermano, siempre y cuando pudiera seguir yendo a la escuela, continuar con su aprendizaje entre la gente elegante de la sastrería de Cristiani y librarse para siempre de trabajar a tiempo completo en la granja que se convertiría en la aciaga posesión de Sebastian. Joseph no se imaginaba nada peor que acabar como él: tener que levantarse cada día a las cinco nada más oír los golpes de látigo que daba su abuelo contra los muros de la casa a modo de despertador; y luego montar una mula y sumarse a la lenta procesión de peones que recorrían los bosques en sombra hasta el valle, a la escasa luz de la luna al apagarse; y finalmente, fatigado tras todo un día de trabajo en la calurosa tierra, regresar a casa al crepúsculo con la cara quemada por el sol, los brazos picados por los mosquitos y las botas y la ropa mugrientas y hediondas. "



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