Vicio propio (fragmento)Thomas Pynchon

Vicio propio (fragmento)

"Al menos, conservaba el mismo coche, el Cadillac descapotable que tenía desde siempre, un Eldorado Biarritz del 59 comprado de segunda mano en uno de los solares de Western donde la gente se sitúa cerca del tráfico para que éste se lleve el olor de lo que sea que fumen. Cuando Shasta se fue, Doc se sentó en un banco del paseo marítimo, de espaldas a una larga hilera de ventanas iluminadas que ascendían por la pendiente, y contempló las flores luminosas de la espuma del oleaje y las luces del tráfico tardío de las afueras zigzagueando por la remota ladera de Palos Verdes. Repasó las preguntas que no había hecho, como, por ejemplo, hasta qué punto se había acostumbrado ella a los niveles de bienestar económico y poder que Wolfmann le garantizaba, si estaba dispuesta a volver al estilo de vida de bikini y camiseta, y si le pesaría o no. Y también la pregunta más difícil de plantear: ¿estaba genuina y apasionadamente enamorada del bueno de Mickey? Doc conocía la respuesta probable: «Lo amo». ¿Qué otra cosa iba a decir? Con la nota al pie implícita de que aquella palabra se utilizaba demasiado en los tiempos que corrían. Cualquiera con la menor pretensión de estar al día «amaba» a quien fuera, por no mencionar otros usos prácticos de la palabra, como empujar a los demás a actividades sexuales en las que, si se les presentaba la ocasión, no les importaría mucho participar.
De vuelta en casa, Doc se quedó un rato mirando el cuadro de terciopelo que le había comprado a una de las familias mexicanas que montaban sus tenderetes los fines de semana por los bulevares en la llanura verde, donde la gente todavía iba a caballo, entre Gordita y la autopista. En la tranquilidad que reinaba por la mañana temprano sacaban de las furgonetas y desplegaban Crucifixiones y Últimas Cenas de la anchura de un sofá, moteros proscritos a lomos de Harleys representados con minucioso detalle, superhéroes de los bajos fondos ataviados como miembros de las Fuerzas Especiales con M16 y demás. El cuadro de Doc mostraba una playa del sur de California que nunca existió: palmeras, chicas en bikini, tablas de surf, de todo. Cuando se le hacía cuesta arriba asomarse a la tradicional ventana de cristal de la habitación de al lado, se quedaba observándolo como si estuviera mirando por otra ventana. A veces, cuando estaba a oscuras, el cuadro se iluminaba, por lo general si había fumado hierba, como si el botón de contraste de la Creación hubiera sido tocado apenas lo suficiente para darle a todo un leve resplandor, un filo luminoso, y prometiera que la noche estaba a punto de volverse épica.
Pero no esa noche, que sólo auguraba trabajo. Se puso al teléfono e intentó hablar con Penny, pero había salido, probablemente a bailar, a pasarse toda la noche watuseando frente a algún abogado de pelo corto con una prometedora carrera por delante. Chachi, a Doc tanto le daba. A continuación llamó a su tía Reet, que vivía en el bulevar al otro lado de las dunas, en una zona residencial, con casas, patios y hasta arboles, por los cuales se la había acabado conociendo como la Tree Section. Hacía unos años, tras divorciarse de un luterano del Sínodo de Misuri que no practicaba, dueño de un concesionario de T—Birds y con cierta debilidad por las atribuladas amas de casa que frecuentan los bares de las boleras, Reet se había mudado ahí con los niños desde el condado de San Joaquín, empezó a vender inmuebles y al poco ya tenía su propia agencia, que ahora llevaba desde un bungalow ubicado en la misma parcela inmensa donde se levantaba su casa. Cada vez que Doc necesitaba saber algo que tuviera que ver con el mundo inmobiliario, la persona a la que recurría era la tía Reet, que conocía a la perfección la situación de todos y cada uno de los solares, desde el desierto hasta el mar, como les gustaba decir en las noticias vespertinas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com