Perdido el paraíso (fragmento)Cees Nooteboom

Perdido el paraíso (fragmento)

"¿En cuántas palabras puede una pensar sin moverse de un mismo sitio? Emprendí un viaje mental y fui a parar a donde ya estaba, en el silencio. La mujer que conoció a aquel hombre en la galería no era la misma que seis meses atrás había llegado a Sydney. En realidad, debiera decir: yo ya no era la misma. Y eso es, efectivamente, lo que quisiera decir; lo que sucede es que ha surgido una distancia entre mi persona y yo misma que aún no soy capaz de salvar. Según Almut es que estoy enamorada, pero no es cierto. Es mucho más. Es un recibir y un renunciar al mismo tiempo. Yo no le poseo a él porque él no me posee a mí. Me lo dejó claro desde un principio. Eso también tiene que ver con la distancia. Él es tan impenetrable como sus pinturas. Puedes colgar sus lienzos en la pared, pero eso no significa que te pertenezcan. No los poseerás jamás porque proceden de un lugar que te está vedado. Yo no pertenezco a su mundo, él nunca me llevaría consigo a su aldea, puede que se avergüence de mí y no quiera presentarme a sus parientes y amigos. Pero no es eso, no, como tampoco lo es el hecho de que él me haya llevado, como en una excursión turística, a un lugar de esos donde la vida de los aborígenes se representa como en un teatro, una perfecta puesta en escena con inclusión de todos los elementos típicos, tales como el bushtucker (comida del bosque), los didgeridoo (flautas de madera), las hogueras de campamento y las danzas torpemente ejecutadas, en nada parecidas a las que vi en el museo de Darwin. Llevándome a este lugar él me subestima, lo sé, en realidad me ofende, y por si fuera poco no podemos hablar del asunto por la sencilla razón de que él no habla. Pero en el fondo todo eso me da igual. Puede que él trate de demostrarme algo, algo que prefiero no saber. Y, sin embargo, cuando cae la noche y el espectáculo ha terminado, él y yo nos quedamos de nuevo solos con el silencio, solos con una infinita escasez de palabras; nunca imaginé que éstas pudieran ser tan parcas. Pero a mí todo me parece bien. ¿O acaso me engaño a mí misma? ¿Existe la pornografía sin porno? Mejor dicho, ¿existe la pornografía exclusivamente como concepto, sin representación gráfica alguna? Pura pornografía del espíritu, un estado en que la mentira transforma la naturaleza de cada acto —caricia, beso, orgasmo— en algo obsceno y perverso. Reflexiono sobre todas estas cosas, aquí, tendida en el suelo mientras espero a que él pronuncie alguna de sus escasas palabras, a que vuelva a tocarme y yo vuelva a olvidarme de mis pensamientos.
Un día Almut se refirió a él como «tu noble salvaje». Fue la primera vez en años que me enfadé con ella. Yo estaba furiosa, no porque ella me hubiera ofendido, sino porque me dolió su falta de comprensión. Almut siempre me había entendido y, de repente, sentí como si la hubiera perdido. Lo que me está sucediendo no tiene que ver con el amor, es algo mucho más fuerte, más obsceno, más perverso. Si fuera amor, tendría que reconocer que me he enamorado de una roca o de un desierto. Todo comenzó con aquel cuadro. Yo lo estaba mirando, ensimismada. El cuadro no representaba nada que tuviera que ver con lo que yo había visto durante el viaje. No aparecían las figuras habituales, esos seres visibles que, por muy extraños que sean, resultan reconocibles. No, lo único que había era un fondo negro impenetrable, desafiante, atravesado por una forma de luz, un contraste que me atraía hacia el interior del negro, tal como más adelante me sucedió con él. Con todas estas palabras no logro ni aproximarme al núcleo de la cuestión. Visto desde fuera, aquello fue poco menos que una banalidad. Acudo a un vernissage, me quedo demasiado tiempo plantada delante de un cuadro, me aíslo de todo lo que me rodea, voces, personas... pienso en la frase prohibida «como una nube oscura», no quiero saber nada de todo eso, nada de la violencia, del miedo y del horror, y siento como si algo me arrastrara hacia el interior de la nube, como si mi viaje por una tierra en la que llevaba años soñando con ilusión infantil hubiera tenido como único destino este cuadro, como un exorcismo, sólo posible si me dejo llevar por el tabú. Las lágrimas me ruedan por las mejillas, pero estoy de espaldas a los demás. Nadie puede ver lo que ven mis ojos. Ellos sólo ven, si es que ven algo, que el propietario de la galería se acerca a mí y me dice: «Ese cuadro parece interesarle». El hombre descubre mis lágrimas y se da media vuelta mientras me propone: «Me gustaría presentarle al artista». Y transcurrido un buen rato regresa con él, cuando hace ya un tiempo que me he enjugado las lágrimas. Y éstas brotan de nuevo cuando veo al artista delante de mí, porque ese hombre es su propio cuadro. Todo eso tiene que ver con el dolor de la curación, comprendo ahora. No se lo he contado a nadie, tampoco a Almut. No espero nada, estoy a merced de él. El galerista debió de haberle hecho algún comentario, porque el pintor se quedó plantado delante de mí, sin decir nada, tímido o tal vez sólo infinitamente distante, no lo sé, sigo sin saberlo. A veces pienso que ni tan siquiera me ve, que cuando me toca o cuando me folla soy invisible para él, una criatura sin alma, una forma, una quimera, y así es, como si lo que hacemos careciera de sustancia, como si todo anunciara su partida, sus largos silencios, su negarse a mirarme cuando yo grito para que me mire, aunque sé que no lo hará, que no me mirará, lo supe desde el mismo instante en que vi su cuadro por primera vez. "



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