Metafísica del amor-Metafísica de la muerte (fragmento)Arthur Schopenhauer

Metafísica del amor-Metafísica de la muerte (fragmento)

"Enardécele entonces el odio contra la persona amada, llegando hasta el punto de matar a la que quiere y darse luego la muerte. Todos los años se presentan ejemplos de esta clase y se encuentran en los periódicos. ¡Cuánta verdad hay en estos versos de Goethe!
¡Por todo amor despreciado!
¡Por las furias del infierno!
¡Quisiera yo conocer
Algo más atroz que aquesto!
Cuando un amante trata de crueldad la esquivez de su amada o el gusto de ella por hacerle sufrir, esto no es verdaderamente una hipérbole. Hállase, en efecto, bajo la influencia de una inclinación que, análoga al instinto de los insectos, le obliga, a despecho de la razón, a perseguir absolutamente sus fines y descuidar todo lo demás. Más de un Petrarca ha tenido que arrastrar sin esperanza su amor a lo largo de toda su vida, como una cadena, cual un grillete de hierro en los pies, y exhalar sus suspiros en la soledad de los bosques; pero no ha habido más que un Petrarca dotado al mismo tiempo con el don de poesía; a él se aplican los hermosos versos de Goethe:
Y si el hombre en medio de su dolor enmudece,
Me ha dado un dios el poder decir cómo sufro.
El genio de la especie está siempre en guerra con los genios protectores de los individuos; es su perseguidor y su enemigo, siempre dispuesto a destruir sin cuartel la felicidad personal para lograr sus fines. Y se ha visto depender a veces de sus caprichos la salud de naciones enteras: Shakespeare nos da un ejemplo de ello en Enrique VI, tercera parte, acto III, escenas segunda y tercera. En efecto, la especie donde arraiga nuestro ser tiene sobre nosotros un derecho anterior y más inmediato que el individuo: sus asuntos son antes que los nuestros. Así lo presintieron los antiguos, cuando personificaron el genio de la especie en Cupido, dios hostil, dios cruel a pesar de su aire de niño, dios justamente difamado, demonio caprichoso, despótico, y, sin embargo, dueño de los dioses y de los hombres:
Tú, amor, tirano de los dioses y de los hombres.
Flechas mortíferas, venda y alas son sus atributos. Las alas indican la inconstancia, séquito habitual de la desilusión que acompaña al deseo satisfecho.
En efecto, como la pasión se fundaba en una ilusión de felicidad personal, en provecho de la especie, una vez pagado a ésta el tributo, al descaecer, la ilusión tiene que disiparse. El genio de la especie, que había tomado posesión del individuo, le abandona de nuevo a su libertad. Desamparado por él, cae en los estrechos límites de su pobreza, y se asombra al ver que después de tantos esfuerzos sublimes, heroicos e infinitos, no le queda más que una vulgar satisfacción de los sentidos: al contrario de lo que esperaba, no se encuentra más feliz que antes. Advierte que ha sido víctima de los engaños de la voluntad de la especie. Por eso, regla general: cuando Teseo la consigue, luego abandona a su Ariadna. Si hubiese sido satisfecha la pasión de Petrarca, hubiera cesado su canto, como el del ave en cuanto están puestos los huevos en el nido.
Notemos al paso que mi metafísica del amor desagradará de seguro a los enamorados que se han dejado coger en el garlito. Si fueran accesibles a la razón, la verdad fundamental que he descubierto les haría capaces más que ninguna otra de dominar su amor. Pero hay que atenerse a la sentencia del antiguo poeta cómico: «Lo que en sí carece de razón y medida, no podrás regirlo con la razón».
Los matrimonios por amor se conciertan en interés de la especie y no en provecho del individuo. Verdad es que los individuos se imaginan que trabajan por su propia dicha; pero el verdadero fin les es extraño a ellos mismos, puesto que no es más que la procreación de un ser que sólo por ellos es posible. Obedeciendo uno y otro al mismo impulso, naturalmente deben tratar de estar en el mejor acuerdo que puedan. Pero muy a menudo, gracias a esa ilusión instintiva que es la esencia del amor, la pareja así formada se encuentra en todo lo demás en el desacuerdo más ruidoso. Bien se ve esto en cuanto la ilusión se ha desvanecido fatalmente. Ocurre entonces que por lo regular son bastante desgraciados los matrimonios por amor, porque aseguran la felicidad de la generación venidera a expensas de la generación actual. «Quien se casa por amores ha de vivir con dolores», dice el proverbio español. Lo contrario sucede en los matrimonios de conveniencia, concertados la mayor parte de las veces según elección de los padres. Las consideraciones que determinan esta clase de enlaces, cualquiera que pueda ser la naturaleza de ellos, a lo menos tienen alguna realidad, y no pueden desaparecer por sí mismas. Estas consideraciones son capaces de asegurar la ventura de los esposos, pero a expensas de los hijos que deban nacer de ellos, y aun así es problemática esa felicidad.
El hombre que al casarse se preocupa aún más del dinero que de su inclinación vive más para el individuo que para la especie; lo cual es absolutamente opuesto a la verdad, a la naturaleza, y merece cierto menosprecio. Una joven soltera que, a pesar de los consejos de sus padres, rehúsa la mano de un hombre rico y joven aún, y rechaza todas las consideraciones de conveniencia para elegir según su gusto instintivo, hace en aras de la especie el sacrificio de su felicidad individual. Pero, precisamente a causa de eso, no puede negársele cierta aprobación; porque ha preferido lo que más importa, y obra según el sentir de la naturaleza (o, hablando con mayor exactitud, de la especie), al paso que los padres la aconsejaban en el sentir del egoísmo individual. Parece, pues, que, al concertarse una boda, es preciso sacrificar los intereses de la especie o los del individuo. La mayoría del tiempo así sucede: tan raro es ver las conveniencias y la pasión ir juntas de la mano. La miserable constitución física, moral o intelectual de la mayor parte de los hombres proviene, sin duda, en gran manera, de que, por lo general, se conciertan los matrimonios, no por pura elección o simpatía, sino por toda clase de consideraciones exteriores y conforme a circunstancias accidentales. Cuando al mismo tiempo que las conveniencias se respeta, hasta cierto punto, la inclinación, resulta una especie de transacción con el genio de la especié. Ya se sabe que son muy escasos los matrimonios felices, porque la esencia del matrimonio es tener como principal objetivo, no la generación actual, sino la generación futura. Sin embargo, para consuelo de las naturalezas tiernas y amantes, añadamos que el amor apasionado se asocia a veces con un sentimiento del todo diferente; me refiero a la amistad que se funda en el acuerdo de los caracteres; pero no se declara hasta que el amor se extingue con el goce. El acorde de las cualidades complementarias, morales, intelectuales y físicas, necesario desde el punto de vista de la generación futura para hacer que nazca el amor, puede también, por una especie de oposición concordante de temperamentos y caracteres, producir la amistad desde el punto de vista de los mismos individuos.
Toda esta metafísica del amor que acabo de desarrollar aquí se enlaza íntimamente con mi metafísica en general; y he aquí cómo la ilumina con nueva luz. "



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