Estética de lo feo (fragmento)Karl Rosenkranz

Estética de lo feo (fragmento)

"En cuanto existencia empírica de aquello que es en general, lo banal no es todavía feo; estos predicados pueden corresponderle sólo en sentido relativo. Deviene feo en ciertas condiciones. Lo sublime majestuoso es único en su manifestación, en cuanto abraza en sí todo un mundo: único en el sentido de no tener empíricamente un igual es también, según el principio leibniciano de los indiscernibles de toda existencia, lo más común. Pero la majestad no sólo es diferente de otra existencia en sentido meramente empírico, es única en cuanto no hay nada comparable dentro de una esfera dada. Imaginémonos una cadena montañosa: esta puede ser sublime por su grandeza. Si el pico de un monte va más allá del éter, parecerá no sólo sublime en general, sino majestuosamente sublime, porque dará a la enorme mole una expresión personal. Así la luz lunar se irradia tras las estrellas como una cosa única con dulce majestad, etc.
Estos son ejemplos del ámbito del espacio, pero también el tiempo puede parecer majestuoso en la espacialidad, cuando nos representa la serie infinita de los años que actualiza como algo que nace. El nacer es también pasar. Algo que ha nacido en el fluir temporal permanece idéntico, obtiene la apariencia de eternidad, de cuya infinitud surge la corriente del tiempo. En la estepa, al este del Mar Muerto cuelgan de los mismos goznes las puertas de roca por las que entraban y salían los reyes moabiltas de Basan hace cuatro mil años. Actualmente pasan por ellas sólo pastores de cabras, pero las puertas siguen siendo las mismas. Se comprende que el objeto ha de ser grande y poderoso para tener un efecto sublime; la simple antigüedad no lo hace sublime aunque hubiera permanecido intacto durante miles de años, como por ejemplo un ladrillo de los que los judíos tuvieron que pintar en Egipto que se muestra en el Nuevo Museo de Berlín. Un ladrillo no llegará a ser sublime en toda la eternidad. En la historia hay personas, hechos y acontecimientos de absoluta majestad porque son únicos y concentran en sí a una especie, al mundo entero. Un Moisés, un Alejandro, un Sócrates son personalidades sublimemente majestuosas porque son únicas en sentido positivo. Que Sócrates no huyera, que no intentara sobornar a los jueces con ayuda del arte retórico, que esperara serena y seriamente en prisión —todas estas cosas que hombres comunes no hubieran podido hacer— le confiere un nimbo mayestático. De igual manera el incendio de Moscú es un acontecimiento majestuoso porque concentró de manera única en la historia la resistencia de los rusos en aquella sublime pira. Si las personas y los hechos no expresan esta singularidad afirmativa que lleva consigo la idea, no pueden ser majestuosos. Algo único que destaque por su negatividad no puede aspirar al predicado de lo majestuoso. Un Commodo, un Heliogábalo, el rey del mundo son anormalidades morales que sólo caricaturizan la majestuosidad al querer reivindicarla con su infantil delirio, con su caprichosa tiranía. Son únicos en esta caricatura, pero esta singularidad es la triste singularidad del colosal libertinaje de la propia vanidad. Erostrato cuando arrojó la antorcha en el templo de Artesima en Efeso consiguió un objetivo, pero esta acción indigna, en su frívola singularidad, es lo contrario de toda majestuosidad. La auténtica majestuosidad parecerá mucho más singular frente a su contraimagen, como Cristo cuando, frente al mísero y curioso rey Herodes, rey de los judíos, pregunta a un judío prisionero y procesado y este no se digna a responderle, esos labios normalmente amistosos y llenos de amor no se abrieron para aquella inmoral larva de rey: ¡Qué tremenda majestuosidad la de este silencio! "



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