El último tango de Salvador Allende (fragmento)Roberto Ampuero

El último tango de Salvador Allende (fragmento)

"Sientes un latigazo de euforia cuando tu Hawker Hunter despega con un rugido desde la Base Aérea de Concepción y remonta sin esfuerzo el cielo hasta alcanzar los treinta y cinco mil pies de altura. Desde arriba, viendo el fulgor de las cabinas de las otras naves de la bandada, la alfombra verde del sur de Chile, limitada a la izquierda por el bordado blanco de las olas del Pacífico y a la derecha por los escarpados picos cordilleranos con nieve, podrías hasta olvidar la misión que te encargaron. Te sientes bien. Desayunaste solo un té con tostadas y medio plátano, porque la altura y la velocidad pueden hacer estallar los intestinos llenos de un piloto de guerra. Los estanques de combustible están a full, la nave se desplaza sin turbulencias con sus dieciocho cohetes Sura y únicamente la luz roja de los frenos te indica que enfrentarás problemas al aterrizar.
No hay nada en la vida como volar en una de esas naves supersónicas más alto que Los Andes, te dices. No hay nada como correr acelerando sobre la pista, levantar la nariz con un golpe de timón, ver desaparecer abruptamente la Tierra, y encontrarte de pronto dialogando solo con el cielo, con ese océano translúcido e infinito, y volver a ver al rato la patria convertida en un mapa en el cual todo te resulta minúsculo y amable. Desde arriba ya nada es lo mismo. Desde arriba, desde muy arriba, desaparecen hasta los peores problemas que uno tenga. Las tensiones con tu mujer, la desobediencia de tus hijos o las diferencias con tus amigos quedan reducidos a la nada, se transforman como por arte de magia en el recuerdo de un sueño viejo. Desde arriba te parece que el mundo está en orden y todo tiene arreglo.
En pocos minutos llegarás a Maipú y con ello a las inmediaciones de la capital. No tienes por qué preocuparte. La bandada resbala tranquila y sin novedades por el cielo como por un riel lubricado. Te llegan de vez en cuando bromas en clave a través de la radio y de pronto la noticia de que la capa de nubes en Santiago se ubica a veinte mil pies de altura, lo que te permitirá acercarte a los blancos sin que te vean.
Hoy es un día del deber. Ya sabes lo que tienes que hacer. Un piloto está allí para cumplir, no para deliberar sobre las órdenes que ha recibido, piensas tratando de convencerte de que eso es así, y luego te embarga una tristeza inmensa, repentina, porque toda tu vida te has preparado para combatir naves enemigas o bombardear posiciones extranjeras, mas no para lo que vas a hacer: apuntar tus misiles contra tus compatriotas.
Hacia el norte, ligeramente a tu derecha, distingues la primera antena de las radioemisoras gubernamentales que debes derribar. En el tablero todo parece en orden, salvo esa lucecita roja que sigue indicando el desperfecto en los frenos. Imprimes mayor aceleración a tu nave, tu cuerpo se adosa al asiento como aferrado por unos brazos poderosos y te falta el aire. Luego inclinas el timón hacia la derecha y te alejas de la bandada, tal como está planeado. El Hawker Hunter te obedece como un dragón dócil mientras su rugido arranca ecos del gran valle verde. "



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