Quién mató a Cristián Kustermann? (fragmento)Roberto Ampuero

Quién mató a Cristián Kustermann? (fragmento)

"Cayetano Brulé voló días después a Alemania vía Sao Paulo. Arribó una tarde sombría al aeropuerto de Fráncfort, y tras un pintoresco viaje en tren a lo largo del Rin, dejando atrás viñedos casi verticales, castillos en ruinas y ciudades anteriores a Cristóbal Colón, desembarcó en Bonn.
Las estrechas y sinuosas calles de la ciudad olían a pastelería y detergentes. No vio niños, pero sí una gran cantidad de ancianos con cara de pocos amigos que, no obstante, se peleaban por explicarle cómo llegar al Sternhotel.
Era una pequeña construcción de cuatro pisos del siglo XVIII ubicada en plena plaza del mercado, a un costado de la vieja alcaldía delicadamente restaurada. Llegó a las siete de la tarde, en medio de la oscuridad, cuando las tiendas ya habían cerrado y escaseaban los transeúntes.
Una mujer maciza de tez pálida le confirmó en la recepción su reservación y le entregó las llaves de un cuarto en el último piso.
Instantes después entraba a una pieza minúscula con baño y una ventana desde la que dominaba la plaza. Brulé se duchó y luego salió a la calle. Tenía hambre y ansiaba tomar algo caliente. El viaje había sido agotador, pero el cambio de hora —en Chile era cuatro horas más temprano— lo mantenía en pie.
Ahora le interesaban sólo dos cosas. Una de ellas, entrar a algún restaurante, la otra, visitar la oficina de redacción de la revista “Solidarität mit Lateinamerika”, que según el plano, quedaba a sólo un par de cuadras del hotel.
Era agradable respirar el clima seco y frío de Bonn. Brulé había vivido en la década del sesenta en Alemania como recluta de las fuerzas armadas norteamericanas estacionadas allí. Residía en las cercanías de Fráncfort, donde había aprendido nociones básicas, pero inolvidables de alemán. Entonces el mundo estaba dividido en dos bloques y el nazismo parecía un fenómeno definitivamente superado en Alemania.
Optó por ingresar a un McDonald’s estimulado por el precio y porque estaba convencido de que no dispondría de la calma necesaria para disfrutar una cena prolongada. No le gustaba la comida alemana, pero estaba consciente de que en el país se encontraban los mejores restaurantes de Europa del sur. Italianos, griegos y españoles habían arribado masivamente en los años del “milagro económico” con la intención de trabajar, seguidos de cocineros que pronto abrieron sus modestos restaurantes. Con el tiempo y su magnífica mano habían logrado consolidarse en un medio competitivo.
Ordenó un Big Mac y dos cervezas entre una multitud de gigantones jóvenes. Posteriormente un café. Y tuvo la sensación de haber pagado la cuenta más abultada de su vida por un sándwich.
Tras cruzar un pasaje angosto, que se ampliaba al fondo formando una plazoleta a la que daban una media docena de negocios, desembocó en la sede de la redacción de la revista. En el centro de la plazoleta había una pequeña pileta, ahora vacía por ser invierno. Llegó hasta el lugar con la secreta esperanza de hallar a alguien, pero estaba cerrado.
Era un local modesto, que constaba de dos pequeñas piezas que en el pasado habían constituido un local comercial. Adentro brillaba una luz mortecina. Los cristales de la puerta y de las vitrinas estaban cubiertos de afiches alusivos a grupos políticos latinoamericanos, actividades de apoyo a guerrilleros de la región y libros recién lanzados.
En uno de los afiches vio al general Augusto Pinochet de brazos cruzados y anteojos de sol. Lo miraba desafiante. Debajo de la foto, a grandes titulares, se afirmaba: “El asesino sigue gobernando. Apoyemos a la oposición realmente democrática de Chile”. Otro póster invitaba a una marcha de apoyo “a la gloriosa lucha del pueblo cubano contra el imperialismo”, y un tercero solicitaba donaciones en favor de la guerrilla guatemalteca.
Brulé pasó varios minutos tratando de descifrar los detalles de los mensajes. Entre los afiches pudo distinguir dos escritorios meticulosamente ordenados y una computadora cubierta con una funda protectora. Las paredes de la oficina también estaban repletas de anuncios políticos y de estantes de libros.
En verano debía ser un lugar magnífico, pensó Brulé paseando la vista por la pileta y las vitrinas de las tiendas. Contó un pequeño café, un anticuario oriental, una peluquería unisex y una reparadora de bicicletas. Seguramente en época de calor se instalaban mesitas en la plazoleta y se podría disfrutar un express, leer los diarios y escuchar un chorro de agua cayendo en la pileta. Pero ahora allí había sólo nieve y un frío horrendo. "



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