El Napoleón (fragmento)Ángel Fernández de los Ríos

El Napoleón (fragmento)

"No obstante, su preocupación no le impedía hacer todos los esfuerzos imaginables para salir de la miseria. No contento con recorrer la ciudad desde del amanecer, con la esperanza de encontrar alguna chimenea de cocina que limpiar, cuando veía que el día iba tocando á su fin, volvía á casa, se limpiaba las manos y la cara, ponía el traje nuevo, é iba a colocarse en alguna esquina, con el fin de aprovechar toda ocasión que se presentase de hacer algún encargo hasta que llegaba la hora de irse á poner junto á la puerta de algún teatro para abrir las portezuelas de los coches, ó ir á buscar algún carruaje al concluir la función. No siempre daba en valde el pobre niño tantos pasos y se tomaba tanto trabajo; pero á pesar de todo, á tan poco ascendía lo que ganaba en los días mejores; que apenas le bastaba para mantenerse. Todas las noches, antes de acostarse, contaba los ocho ó diez sueldos que componían habitualmente su haber, y los volvía á colocar en su bolsillo, pensando con tristeza en los diez francos que bien pronto tendría que pagar á la Sra. Gervais.
Una mañana que había salido de cosa antes de amanecer, le pareció ver brillar un objeto en la basura que habían tirado junto á una puerta; sin suponer que fuese cosa de mucho valor, se apresuró á inclinarse para recogerlo. ¡Cuál fue su alegría cuando reconoció que era un napoleón nuevecito! La vista de este tesoro le embargó la respiración durante algunos momentos. No podía dar crédito á sus ojos; y ya era completamente de día, y aun permanecía recostado contra el guarda-cantón, riendo, llorando, dando mil vueltas á su dichoso hallazgo, sin poder apartar de él las miradas. De repente se le ocurrió una idea horrible: ¿Podía considerar aquella moneda como suya? ¿La habría dejado caer por descuido en la basura alguno que acaso la necesitase? Cinco francos, en la opinión de Santiago, constituían una suma tan considerable que, apoderarse así de ellos secretamente, era cometer un robo escandaloso. Estuvo algunos minutos meditando acerca de las utilidades que podía reportarse aquel dinero, y de los remordimientos que habían de acosarle si se quedaba con él; por fin, la rectitud de su conciencia triunfó de la tentación, y alejando de sí todos los pensamientos que podían inclinarle á apoderarse de lo ajeno, metió el napoleón en el bolsillo y llamó con resolución á la puerta de la casa. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com