La campana de Huesca (fragmento)Antonio Cánovas del Castillo

La campana de Huesca (fragmento)

"Pasaron seis meses tranquilamente, ó, al menos, sin alteración alguna en las cosas del reino.
El rumor de la renuncia del rey, que, como suele suceder en estas cosas, había ya comenzado á correr entre la muchedumbre, fuese lentamente apagando.
Los ricos hombres y prelados, alarmados en los principios con los recelos de Lizana y la revelación de Roldán, llegaron á creer que no se realizarían ya ninguno de los intentos del rey, y que todo seguiría como hasta entonces. Dábales mayor motivo á esta creencia el ver que D. Ramiro no replicaba á ninguna de sus pretensiones, antes bien dejaba en sus manos cuantos castillos y haciendas le pedían, y no disponía nada sin su consejo. Aun parecía que se afanase más que al principio por hacerse amar de ellos y tenerlos contentos y satisfechos.
Únicamente la reina doña Inés, en soledad de continuo, y de continuo llorosa, era sabedora del secreto y vivía con zozobra; y sentía que el pesar se le aumentaba á medida que más cerca llegaban los sucesos.
La bella hija de los condes de Poitiers había salvado los derechos de su hijo; pero no había sido sino á costa de los suyos propios.
En adelante sólo la ternura filial podía ocupar sus horas, porque, de esposa, no le quedaba más que el nombre, y, de reina, sólo le quedaba escaso tiempo y azarosa vida.
Y en tanto pesar la desventurada doña Inés no contaba siquiera con el consuelo de depositar sus confianzas en un pecho amigo. Porque ni á su esposo le veía sino en público, ni en su corte había otra persona que le inspirase cariño sino aquella Castana su doncella, en la cual era mayor el buen deseo que no la cordura; de suerte que no parecía prudente poner en sus manos secreto de tanta monta.
Sin embargo, con esta Castana era sólo con quien hallaba algún alivio la reina, recordando á su lado cosas pasadas, como las fiestas del día de su boda, y las aclamaciones con que fue recibida por la corte de Aragón al llegar á la frontera, y el llanto de sus padres, al dejar tal hija en tierra extraña. Hablaron también en diversas ocasiones del azar del día de la coronación, del peligro del rey, de la destreza del almogávar, y, tan pequeño, como debía serlo á los ojos de una reina cuanto se refiriese al hijo de las montañas, ello era que nunca dejaba de detener en él las pláticas, poniendo más de una vez colorada á Castana.
La sencillez de esta en el responder, y el poco arte con que ocultaba sus sentimientos, hubieran hecho que adivinase la reina antes de mucho, que ella adoraba en el almogávar. Pero con el diálogo que acertó á oír la noche infeliz del baile, no tenía ya que adivinarlo, sabiendo que, no era otro que este, el amante con quien la había sorprendido.
Pero imaginó que parte del cariño que Castana le profesaba, era debido al favor que había hecho al rey; y amando más que nunca á Castana, y estimando tanto como estimaba al almogávar, se propuso hacerlos felices, siendo ella misma su protectora y madrina en el matrimonio. "



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