Razón y sentimiento en el siglo XVIII (fragmento)María del Carmen Iglesias

Razón y sentimiento en el siglo XVIII (fragmento)

"La nostalgia de los orígenes, la imagen de un paraíso como un estado de felicidad en el que la humanidad no conocía "ni la vejez, ni la enfermedad, ni el dolor" se vincula a la fábula hesiódica de una primitiva Edad de Oro que simbolizaría tanto un recuerdo pasado como una esperanza futura para aquellas culturas que parten básicamente de una concepción del mundo relativamente pesimista, de una concepción de la historia del hombre como una sucesiva degradación.
Esta idea de decadencia, vinculada indefectiblemente a la creencia en una perfección originaria, preside todavía el mundo de los ilustrados de la Francia del siglo XVIII, a pesar de las tendencias "transformistas" de un Buffon o un Maupertuis en el terreno de las ciencias naturales; pese al análisis que Montesquieu "mejor que ningún autor" hace de la relación de las instituciones humanas con su medio, "relación cambiante como el propio medio", ofreciendo, "en estado de formación", una explicación dinámica de la historia, una dialéctica de la "forma" y del "principio", del "evolucionismo pesimista" de un Rousseau; inclusive a pesar del paso de gigante que representa Diderot, en quien se entrecruzan todas las corrientes materiales y naturalistas de su tiempo, y que intuye una noción dinámica de la naturaleza de verdadero impulso revolucionario desde el punto de vista epistemológico, pero de influencia tardía. La fuerza de una concepción estática del universo y de que, por tanto, todo cambio supone una decadencia de la perfección original, forma parte del contexto mental del siglo XVIII, guiado intelectualmente por la autoridad del pensamiento newtoniano, para quien sólo la voluntad activa de Dios mantenía el mundo y corregía constantemente sus desviaciones, y de la doctrina cartesiana que partía de la imagen apriorística de la existencia de Dios como perfección. "



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