Azafrán (fragmento)José Manuel García Marín

Azafrán (fragmento)

"Por la tarde, cuando médico e invitado se acercaban al Kasr al-Muwarak, frente a la gran mezquita, Târek determinó torcer a la derecha, hacia la alcaicería. Mukhtar no preguntó y se limitó a seguirle. Fue una idea repentina. Allí compraría algún presente y se lo haría llegar a Manrique y, de este modo, simularía gratitud ante él y ante los demás, previniendo suspicacias; obrando como haría cualquiera con quien actúa movido por caridad y no por motivos ocultos, como había sido. Él ya sabía que la enemistad era inevitable y que el monje buscaría ardientemente el desquite, pero tendría que ser extremadamente hábil para no quedar desenmascarado. El regalo endulzaría la represalia, si es que ésta llegaba o, al menos, restaría crudeza al rencor.
Las tiendas estaban dispuestas a uno y otro lado de la calle. En ellas sólo se vendían las más costosas mercancías: sedas, piezas de plata y oro, paños de alta calidad, etc. Por esta razón gozaban de vigilancia nocturna.
La alcaicería era propiedad del califa o el sultán de cada ciudad, que la alquilaba a los mercaderes por un canon establecido, ahora en poder de Fernando.
A Mukhtar le causó impresión el colorido y la variedad de productos. La plata se amontonaba sin recato en las tiendas. El marfil tallado se repartía entre exquisitas cajas de todos los tamaños. Más allá, la seda de infinitos colores, orlas, encajes, brocados bordados de mil diferentes maneras y dibujos, azules, rojos, verdes suaves, intensos, hilos de oro y plata y un sinfín de objetos sabiamente mostrados para provocar el deseo y hacer las delicias del comprador.
Los ricos mercaderes sonreían y saludaban a los curiosos con el propósito de invitarles a ojear sus artículos, seduciéndolos mediante su cuidada apología, elevada al rango de arte, entremezclada con sugerentes elogios acerca del refinamiento y el buen gusto del cliente; fascinándolos, induciéndoles a creer que su dignidad estaba a la altura del más caro de sus productos y que esta joya o aquella pieza sólo estaría convenientemente exhibida en el, de por sí, elegante cuerpo o casa del comprador, favoreciendo su distinción.
Târek saludaba sin detenerse, hasta llegar a la tienda elegida. El comerciante, conocido de antiguo, dejó al cliente en manos de su empleado para atender al médico. Ibn Karim ya sabía lo que quería: una funda de seda para un cojín con bordados de lazos vegetales que no contuviera ninguna frase alusiva a la religión. Pidió que fuese rellenado de algodón y que se lo enviaran a Manrique, de su parte, a palacio, para que apoyase la pierna dolorida; y tras un breve pero obligado regateo, pagó lo acordado.
Finalizado el encargo, deshicieron el camino y continuaron hasta traspasar la puerta de palacio. El deseo del médico era buscar a Yahyá en las caballerizas para ver en qué estado se encontraba, pero uno de los guardias se aproximó a él con visibles muestras de dolor en el abdomen y hubo de atenderle, por lo que rogó a Mukhtar que visitara las cuadras en su lugar y le informara después. Él lo esperaría en la sala que hacía las veces de dispensario.
No fue fácil encontrarlas, atravesando multitud de patios y de salas en diferentes direcciones, pero al fin logró llegar hasta ellas. Un sucio muchacho que salía le indicó quién era el mozo al que buscaba. "



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