A las sombras de las muchachas en flor (fragmento)Marcel Proust

A las sombras de las muchachas en flor (fragmento)

"Mientras tanto, Gilberta, aunque ya le habían dicho dos veces que fuera a prepararse para salir, seguía escuchando lo que decíamos, entre sus padres, apoyada mimosamente en el hombro de Swann. A primera vista advertíase marcadísimo contraste entre la señora de Swann, que era morena, y aquella chiquilla de pelo rojizo y el cutis dorado. Pero luego ya iba uno reconociendo en Gilberta muchos rasgos —por ejemplo, la nariz cortada con brusca e infalible decisión por el invisible escultor que trabaja con su cincel para varias generaciones—, gestos y movimientos de su madre; y valiéndonos de una comparación tomada a otro arte, podría decirse que se asemejaba a un retrato poco parecido de la señora de Swann, retrato que el pintor hubiese hecho, por un capricho de colorista, cuando Odette se disponía a salir para una cena de «cabezas disfrazadas», medio vestida de veneciana. Y como no sólo tenía una peluca rubia, sino que todo átomo sombrío había sido expulsado de su carne, que despojada de sus velos obscuros parecía aún más desnuda, cubierta sólo por los rayos que lanzaba un sol interior, el colorete era al parecer no cosa superficial, sino de carne; y Gilberta diríase que figuraba un animal fabuloso o que llevaba un disfraz de la Mitología. Aquel cutis rojizo era parecidísimo al de su padre, como si a la Naturaleza se le hubiera planteado el problema cuando tuvo que crear a Gilberta de ir reconstruyendo poco a poco a la señora de Swann, pero sin tener otra materia a su disposición que la piel de Swann. Y la naturaleza la había utilizado a perfección, como un buen constructor de arcones que quiere dejar a la vista el granillo y los nudos de la madera. Y así, en el rostro de Gilberta, en el rincón que formaba la nariz, perfectamente reproducido de su madre; la piel se hinchaba para conservar intactos los dos lunares de Swann. Era una nueva variedad de la señora de Swann, obtenida junto a ella, como una lila blanca junto a una lila violeta. Sin embargo, no hay que representarse la línea de demarcación entre los dos parecidos, el de su padre y el de su madre, como perfectamente definida. A veces, cuando Gilberta se reía velase el óvalo de la mejilla de su padre en la cara de su madre, como si los hubieran mezclado para ver lo que resultaba; ese óvalo se precisaba como toma forma un embrión, se alargaba oblicuamente, se hinchaba, y luego, al cabo de un instante, había desaparecido. Gilberta tenía en los ojos el mirar franco y bueno de su padre; con él me miró cuando me regaló la bolita de ágata y me dijo: «Consérvela usted como recuerdo de nuestra amistad». Pero si se le preguntaba qué es lo que había estado haciendo, velase en idénticos ojos aquel malestar, disimulo, incertidumbre y tristeza que eran antaño los de Odette siempre que le preguntaba Swann adónde había ido y ella le daba una contestación mentirosa que cuando amante, lo desesperaba y, cuando marido, le hacía cambiar de conversación, esposo prudente y discreto. Muchas veces en los Campos Elíseos me desazonaba el ver esa mirada en los ojos de Gilberta. Pero por lo general sin motivo. Porque en ella esa mirada —esa, por lo menos— no correspondía a nada, era pura supervivencia física de su madre. Y las pupilas de Gilberta ejecutaban ese movimiento, que antaño en el mirar de Odette tenía por causa el miedo a revelar que aquel día había tenido en casa a un amante suyo o que tenía prisa por una cita pendiente, cuando, había ido a clase o cuando tenía que volverse a casa para dar una lección. Y así, eran visibles aquellos dos temperamentos de Swann y de Odette, ondulando, refluyendo, penetrándose uno al otro, en el cuerpo de esta Melusina.
Es cosa sabida que un niño tiene cosas de su padre y de su madre. Pero la distribución de las buenas y malas cualidades heredadas está hecha de un modo tan raro, que de dos virtudes que en uno de los padres parecían inseparables no perdura en el hijo más que una, y aliada a aquel defecto de su otro progenitor al parecer más inconciliable con dicha virtud. Y hasta la encarnación de una cualidad moral en un defecto físico incompatible con ella es con frecuencia ley del parecido filial. De estas dos hermanas habrá una que tenga la noble estatura del padre y el ánimo mezquino de la madre, y la otra, dueña de la inteligencia paterna, se le ofrecerá al mundo con el aspecto físico maternal; la nariz abrutada, el vientre nudoso y hasta la voz de la madre convirtiéndose en vestidura de dotes que antes se presentaban bajo soberbia apariencia. Así, que se puede decir de cualquiera de las dos hermanas, y con razón, que ella es la más parecida a uno de sus padres. Gilberta era hija única, cierto, pero había por lo menos, dos Gilbertas. Las dos índoles de su padre y de su madre no se contentaban con mezclarse en la hija; se la disputaban, y aún eso sería expresarse con inexactitud, porque pudiera dar a suponer que había una tercera Gilberta, padeciendo entonces al verse presa de las otras dos. Y Gilberta era alternativamente una u otra, y en todo momento una y nada más que una, esto es, incapaz de sufrir cuando se sentía menos buena, porque la Gilberta mejor, como entonces estaba momentáneamente ausente, no podía enterarse de que había degenerado. Y la menos buena de las dos Gilbertas gozaba de toda libertad para regocijarse con placeres no muy nobles. Cuando la otra hablaba con el corazón de su padre tenía miras muy amplias, daban ganas de entregarse con ella al logro de un ideal bueno y bello, y así se lo decía uno; pero en el momento decisivo el corazón de su madre recobraba su imperio, él contestaba; y se sentía desilusión y enfado —casi curiosidad, o como ante la substitución de una persona por otra—, porque Gilberta respondía con una reflexión mezquina o una torpe risita burlona, complaciéndose en ello porque esa respuesta nacía de su Verdadera naturaleza de aquel momento. Tan grande era a veces la separación entre las dos Gilbertas, que se preguntaba uno, en vano, claro está, qué es lo que pudo hacerle para encontrarla ahora tan distinta. Nos había dado una cita, y no sólo no iba ni se excusaba luego, sino que, cualquiera que hubiese sido el motivo de su mudanza, se nos aparecía después tan indiferente, que habría sido cosa de imaginarse, víctima de un parecido como el que constituye la base de los Menecmos, que la que estaba delante no era la misma persona que tan amablemente nos invitara a reunirnos a no ser porque el mal humor con que nos recibía delataba que se sentía culpable y quería evitar las explicaciones. "



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