Gallinas de madera (fragmento)Mario Bellatin

Gallinas de madera (fragmento)

"Yo sé bien lo que están haciendo: de otra manera no tendría sentido caminar por los pasillos de los cementerios, buscar las palabras de personas que están situadas en la morgue de mis recuerdos. Hacerme aspirar el aire mojado, cargado de la humedad del asma de mi infancia. No sé por qué se trató siempre de dar una explicación hasta cierto punto psicológica a esta asma persistente. Se llegó a insinuar incluso que fue creada en forma artificial con el fin de atenuar otros defectos mayores; los socialmente inaceptables. Pero aquí estoy con el cuerpo en directo camino a la deformación, siendo una sombra que busca atisbar, principalmente por las ventanas de las casas de los demás, asuntos que ya no parecen concernirme. Descubriendo que casi todo en mi vida no fue más que una equivocación. Mi nacimiento, mis años de aprendizaje, la búsqueda por hacerme yo mismo. Un gran error. Este viaje más bien —en el que me siento involucrado de alguna manera con el señor Bernard— no hace sino confirmarlo. De otra manera no hay forma de entender el peregrinar lento que solía realizar junto al señor Bernard por los bordes del farallón. Parece que al hacerlo ambos buscábamos el amparo de posibles caminos no equivocados. Que tratábamos —muchas veces en forma algo desesperada— de constatar que pudieron haber existido otras rutas posibles a seguir. El señor Bernard, de naturaleza callada, acostumbraba expresarse mucho cuando estábamos juntos. Solía hablar y hablar sin detenerse. Podía ser que yo le otorgara una confianza que le era imposible hallar en las demás personas. Cuando estábamos uno al lado del otro solía constatar un asunto que a veces me avergüenza discutir. Que nací en un momento equivocado. Que casi no guardo relación con las personas de mi edad. Para entablar un diálogo de cualquier orden debo hallar a gente que tenga mucho más años de vida que yo. Me agrada, de esa forma, convertirme en una suerte de recipiente de ideas que apenas comprendo. De enseñanzas del pasado, que la mayoría de las veces carecen actualmente de vigencia. Lo más extraño de una situación de este orden, es que es sumamente frecuente mi encuentro con personas con estas características. No me refiero a personas mayores necesariamente. Ésas las hay en todas partes. Sino a seres de cierta edad que sienten una necesidad constante de narrar sus historias. Que desean exponer una serie de ideas o presupuestos mentales. Quizá me eligen a mí porque soy un ser algo deforme. Ni muy joven ni muy viejo, pero deforme. Es lo primero que llamó la atención del señor Bernard. Me lo dijo tiempo después. Cuando nuestras caminatas lentas, sirviéndole yo de pretexto para poner en orden sus ideas, comenzaron a convertirse en un asunto que poco a poco comenzó a escapar de los límites de la normalidad. Es decir, fueron diarias y duraban muchas horas seguidas. A veces de sol a sol. Casi siempre se llevaban a cabo al borde del mar. Cerca del lugar donde nos conocimos. Hoy el señor Bernard está muerto y extraño de algún modo aquellas excursiones. De alguna manera, mi vida después de su desaparición ha vuelto a ser casi la de antes. Al menos en su aspecto externo, la rutina que llevo —la de no hacer nada que sea considerado productivo— se mantiene intacta. Pero por dentro soy otro. Llevo conmigo todo el tiempo las palabras del señor Bernard. Sus largos discursos ininterrumpidos. Llevo conmigo también la ignorancia de si los asuntos y las ideas que expresó eran ciertas o no. Recuerdo que lo conocí cuando ambos circulábamos por la vereda que se extiende en la parte baja del farallón. El señor Bernard subía de la playa y yo iba hacia ella. Caminábamos en sentido contrario. Precisamente segundos antes de cruzarnos una piedra se desprendió del acantilado y cayó sobre su cabeza. El señor Bernard se cubrió el cráneo con las manos. Acto seguido se arrodilló. A través de sus manos extendidas pude ver cómo brotaba la sangre. Me acerqué al hombre arrodillado. Al principio —como no creo en realidad ser nadie— temí ser repelido. Que mi interés por ayudarlo fuera despreciado, de una forma agresiva además. Ya me ha sucedido en otras oportunidades. Casi siempre con el grupo de turistas —algo confundidos— que muy cerca de este farallón acostumbran buscar con afán la tumba de Paul Valéry. Suelen huir cuando me ven acercarme para mostrarles la dirección correcta. Estoy sumamente acostumbrado a observar a personas venidas de fuera en situaciones semejantes. Gente desorientada en busca de los restos de un poeta. No necesariamente se encuentran perdidas en algún punto del poblado —en medio de algún puente, caminando por alguna senda perdida—, sino que la mayoría está perdida ya dentro del mismo cementerio. A veces los escucho a lo lejos. Sobre todo cuando las condiciones del viento son favorables. Casi siempre comienzan quejándose de las características del cementerio donde se encuentran efectuando sus pesquisas. El cementerio que describe Paul Valéry en el libro es totalmente distinto, suelen repetir. ¿Dónde están aquellas olas estrellándose contra las lápidas? ¿Dónde las tumbas sumergidas durante varias horas seguidas mientras se mantiene alta la marea? En efecto. Tienen razón. Aquel cementerio está situado sobre una colina, algo lejos del mar. No tiene casi nada de marino. En realidad, es como cualquier otro camposanto propio de un poblado de costa. "


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