Para siempre (fragmento)Susanna Tamaro

Para siempre (fragmento)

"Cuando trabajo en el huerto, de tanto en tanto trato de recordar el rostro de mi abuelo. Se quedaría perplejo si descubriera que su único nieto —el nieto de ciudad, el nieto que con su título de médico había sido su gran orgullo— lo había echado todo por la borda y vivía ahora haciendo el mismo trabajo que él.
Con frecuencia me vuelven a la mente sus gestos; cuando ato un arbusto mis manos son las suyas, las mismas manos callosas que veo también cuando trasplanto plantas jóvenes: manos agrietadas, fuertes, y sin embargo capaces de transformar en un instante su fuerza en delicadeza.
Creo que no te lo he contado nunca, pero la única vez en mi vida que he participado en una procesión religiosa fue precisamente un verano que pasé con los abuelos. En el pueblo se celebraba la fiesta de San Isidro labrador. El día anterior, la abuela me llevó con ella a rezar el triduo. Al pie del altar había dos enormes bueyes de yeso que tiraban de un arado; detrás de los bueyes se hallaba, en alto, san Isidro y, por encima de él, volaban suspendidos dos ángeles.
Cuando regresamos a casa, la abuela me contó que esos ángeles eran sus ayudantes y trabajaban en su lugar cuando él estaba cansado. Dios le hizo aquel insólito regalo en agradecimiento a su gran devoción.
Al día siguiente me puse la túnica blanca que me dieron y, con el incensario en la mano, precedí la estatua del santo por todas las calles del pueblo. No estaba acostumbrado al incienso, tenía el viento en contra, se me metía en los ojos y en la nariz, los ojos me lagrimeaban y temía tropezar. A mi alrededor se levantaba un coro de rezos en latín de los que no entendía ni una palabra, pero estaba muy orgulloso de mi papel, y también muy atemorizado ante la idea de no estar a la altura. Con gran sorpresa por mi parte, logré volver a la iglesia sin tropezar ni ceder a los mareos que me habían atormentado durante todo el recorrido.
Recuerdo que aquella noche, antes de dormirme, tuve una extraordinaria sensación de ligereza. Me encontraba allí, pero era como si no estuviera, estaba en mi cama, pero al mismo tiempo era como si flotara en el aire. A lo mejor los ángeles de san Isidro habían levantado mi colchón a la vez que el arado. Estaba en lo alto y volaba con ellos, pero, en lugar de tener miedo me daba risa, me sentía contento y libre como si fuera Aladino.
Este estado de gracia se mantuvo al día siguiente y, por su culpa, recibí la primera y única torta de mi abuela. Unos días antes había encontrado en el huerto un bonito ejemplar de mantis religiosa. La llevé a casa y la instalé en la cocina, en una de las jaulas de grillos del abuelo. El insecto se mantenía en su habitual posición, con las patas juntas. Al día siguiente de la procesión, se me ocurrió darle una sorpresa; me escondí debajo de la mesa donde estaba colocada la jaula y con un hilo de voz —la que suponía que tendría la mantis— me puse a repetir algunos fragmentos de oraciones en latín que afloraban a mi memoria. No había acabado de decir «requiescant in pace» cuando la mano de la abuela cayó con fuerza sobre mi cabeza. Sus ojos centelleaban como el fuego. "



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