Las catedrales (fragmento)Jesús Fernández Santos

Las catedrales (fragmento)

"Esta tercera catedral tiene aún más cerca el mar, está tan próxima, que desde sus cornisas pueden verse arrimar a los barcos al malecón del puerto, a fuerza de gritos, maromas, megáfonos y voces; pueden verse los petroleros japoneses, largos, blancos, esbeltos y pulidos entrando o saliendo, cruzándose a veces en la, barra misma, con su fila de marineros en la proa agitando las gorras, saludando a sus compatriotas, que, al igual que ellos mismos, van o vienen; se ven los transatlánticos enormes y lustrosos, inmóviles en la bahía, acelerando con su pesada voz, el corazón de los comerciantes modestos que forman con sus tiendas el barrio frontero, y el otro corazón altivo y lejano de los otros comerciantes, de los indios.
Pueden verse los tinglados del puerto, con sus grúas inmóviles posadas todas sobre la doble hilera de rieles como grandes pajarracos, color minio, a punto de levantar el vuelo y perderse en el mar. Se ve la aduana con su tráfico y sus colas de viajeros y automóviles, con su eterno pulular de uniformes color verde oliva, cerca de la gran avenida de palmeras y rascacielos nuevos cuya acera frontera es todo el muelle. Los indios —los hindúes— que no pueden entrar en el casino de la isla, tampoco, a su vez, se mezclan con los demás, traen sus novias dependientes y criados, como su mercancía, de otros lugares desconocidos y lejanos, y abren sus tiendas día y noche, en días laborables y festivos.
A la caída de la tarde, aparecen en sus «Mercedes», siempre último modelo, a pasear camino de la ciudad vieja o a lo largo del limitado perímetro que la isla y sus carreteras permiten. Otros lo hacen a pie, y los brillantes saris de sus mujeres animan esa calle estrecha y empinada que sube hasta la ciudad vieja y que con la avenida, forma como un rincón que encierra, con la catedral en el extremo opuesto, el comercio, el cuartel, las prostitutas, las villas de los altos funcionarios y ese café viejo ya y sin remozar, pero que sigue siendo el principal, repleto en cualquier época de turistas e isleños.
En la catedral dicen que oró Colón, cuya estancia se disputan por allí enconadamente la mayor parte de las islas. Hay también un museo que recuerda su paso y una casa donde también aseguran que vivió, con su lápida y un enorme balcón de complicada celosía cubriendo la esquina.
Esta tercera catedral, es cálida y silenciosa. Hay poca historia enterrada allí. Los turistas apenas la visitan. Bajan veloces rumbo al puerto o suben sin detenerse, más rápidos aún, camino del aeródromo, pasando siempre, sin enterarse apenas de que sólo unos metros escasos les separa de su puerta.
La catedral, que es muy blanca por fuera, es negra en su interior, en sus capillas. Se guardan en ella dos banderas tomadas a Nelson en alguno de sus muchos asaltos fallidos a la isla, una imagen traída por su conquistador y la cruz que este mismo clavó en la playa, al poner pie en ella.
Por todo eso, cuando allá en la Península se organizó la exposición de custodias, coincidiendo, con aquel Congreso Eucarístico, en vez de enviar la que posee la catedral, se mandó la de otra parroquia, en otra isla cercana, perteneciente a la misma diócesis. "



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