Modernidad líquida (fragmento)Zygmunt Bauman

Modernidad líquida (fragmento)

"Un grupo de psiquiatras del Instituto Victoriano de Salud Mental Forense, de Australia, ha declarado recientemente que “cada vez más gente ha denunciado, falsamente, ser víctima de acechos y persecuciones, erosionando la credibilidad y provocando gastos del dinero público”, dinero que, según argumentan los autores del informe, “debería ser empleado en las' verdaderas víctimas”.49 Algunas “falsas víctimas” investigadas, tras ser sometidas a estudios diagnósticos, revelaron estar afectadas por “severas perturbaciones mentales”, ya que “creían ser perseguidas con la convicción de que todo el mundo conspiraba en su contra”.
Muchos psiquiatras han señalado que creer ser víctima de una conspiración no es nada novedoso; por cierto, es un estado que ha atormentado a algunos humanos en todas las épocas y en todos los lugares de la tierra. Nunca hubo en ninguna parte, escasez de personas ansiosas por encontrar una lógica a su desdicha, a sus humillantes derrotas y a las frustraciones de su vida, cargándoles la responsabilidad a las malévolas intenciones y monstruosas conjuras de otros. Lo que resulta totalmente novedoso es que ahora se inculpa a los merodeadores (en compañía de otros vagos y holgazanes, personajes que no pertenecen al sitio donde aparecen), que representan al diablo, los íncubos, los espíritus y los duendes malignos, el mal de ojo y las brujas. Si “las falsas víctimas” abusan “de la credibilidad pública”, es porque los “merodeadores” ya se han convertido en un nombre popular para el miedo ambiente que acosa a nuestros contemporáneos; de modo que la presencia ubicua de los merodeadores se ha vuelto creíble y el miedo de ser perseguido se ha convertido en un sentimiento común. Y si la gente falsamente obsesionada con la amenaza de la persecución puede “consumir el dinero público”, es porque ya se ha destinado una cantidad de dinero público —que crece cada año— a localizar y atrapar a los merodeadores, los vagabundos y otras versiones actualizadas de ese miedo moderno, el miedo al mobile vulgus —la clase inferior de gente nómada, que se filtra en los lugares donde sólo la gente correcta tiene derecho a estar—, y porque la defensa de las calles, al igual que el exorcismo de las casas embrujadas del pasado, ha sido reconocida como un propósito digno y como la manera adecuada de proteger a los que necesitan protección de los temores y los peligros que los ponen nerviosos, los inquietan, los vuelven susceptibles y los atemorizan.
Citando City of Quartz (1990), de Mike Davis, Sharon Zukin describe la nueva apariencia de los espacios públicos de Los Ángeles tras la instrumentación de las medidas de seguridad exigidas por los residentes y puestas en marcha por sus custodios electos o designados: “los helicópteros zumban por el cielo sobre los barrios semejantes a guetos, la policía maltrata a los adolescentes como supuestos miembros de bandas delictivas, los propietarios compran el tipo de armas de defensa que pueden afrontar... o que se atreven a usar”. La década de 1960 y la de 1970 fueron, según Zukin, “el hito que marcó la institucionalización del miedo urbano”.
Los votantes y las elites —en términos amplios, lo que se concibe como clase media en los Estados Unidos— podrían haber elegido aprobar las políticas del gobierno destinadas a eliminar la pobreza, controlar la competencia étnica e integrar a todo el mundo a través de instituciones públicas comunes. En cambio, eligieron comprar protección, estimulando así el crecimiento de la industria de la seguridad privada.
Zukin señala que el peligro más tangible que corroe lo que denomina “la cultura pública” es “la política del miedo cotidiano”. El estremecedor y perturbador espectro de las “calles inseguras” aleja a la gente de los lugares públicos y le impide procurarse las artes y oficios necesarios para compartir la vida pública.
“Ser duros” contra el crimen construyendo más cárceles e imponiendo la pena de muerte es la respuesta habitual a la política del miedo. “Encerrar a toda la población”, escuché decir a un hombre en el autobús, llevando la solución a su extremo más ridículo. Otra respuesta es privatizar y militarizar el espacio público [...] hacer las calles, parques y comercios más seguros, pero menos libres.
Un concepto de comunidad definida por sus límites estrechamente vigilados y no por sus contenidos; la “defensa de la comunidad” traducida a la contratación de guardianes armados para custodiar la entrada; los merodeadores y vagabundos promovidos al rango de enemigos públicos número uno; el recorte de las áreas públicas a los enclaves “defendibles” de acceso selectivo; la separación y la no negociación de la vida en común y la criminalización de las diferencias residuales: éstas son las principales dimensiones de la evolución actual de la vida urbana. "



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