Skagboys (fragmento)Irvine Welsh

Skagboys (fragmento)

"Camino del laboratorio de procesamiento más grande de las instalaciones, Russell Birch, con bata blanca de laboratorio y una tablilla sujetapapeles en mano, se cruzó con Michael Taylor, que iba enfundado en un mono marrón reglamentario. Como de costumbre, no se saludaron. Habían acordado que sería mejor que sus compañeros de trabajo no supieran que existía relación alguna entre ellos.
Según iba introduciendo la clave de seguridad en el nuevo dispositivo de cierre, Birch rumiaba con satisfacción que ahora Taylor ya no podría acceder a esa área. Al abrir la puerta y entrar en aquella habitación de cegadora blancura, se acordó de la vez que pescó allí a su socio con las manos en la masa, a punto de llenar una bolsa de plástico. No, en cuanto almacenista, Taylor no tenía que haber estado allí en absoluto, pero mientras Russell Birch se guardaba su propia bolsa en los pantalones, se quedaron los dos estupefactos unos instantes, mirándose boquiabiertos y con sensación de culpabilidad. Después, con nerviosismo, echaron un vistazo alrededor; volvieron a cruzarse la mirada e instantáneamente concertaron un pacto. Fue Taylor el que tomó el control de la situación.
—Tenemos que hablar —dijo—. Nos vemos a la salida en el Dickens de Dalry Road.
El guión completo de aquella farsa no habría desentonado en el escenario de un teatro del West End. En el pub, con nerviosismo, fueron cayendo pintas una tras otra e incluso hicieron bromas sobre lo sucedido, hasta que por fin acordaron que Birch sacaría bolsas del laboratorio y se las daría a Taylor, y éste, a su vez, las sacaría de la fábrica escondidas en los recipientes de comida de la cantina.
A la luz de los fluorescentes del techo, los instrumentos de la consola parpadearon y poco a poco empezaron a zumbar sordamente. A veces la sala parecía tan inhóspita y blanca como el polvo sintético que se producía en ésta, la parte más nueva y lucrativa de la planta. No obstante, ahora Russell contemplaba con enorme reverencia el precioso polvo blanco, que salía por un tubo en un chorro uniforme y abundante e iba a parar a los estuches de metacrilato de una cadena automatizada pero prácticamente silenciosa. Volvió la vista atrás, hacia el gran cuenco de filtros de tela y el depósito de cloruro de amonio, donde se enfriaba la solución, que desde ahí recorría otra sucesión de filtros y, por último, iba a parar a un tambor gigantesco, de cuatrocientos cincuenta litros de capacidad. Dentro del tambor se vertían cada hora doscientos setenta litros de agua hirviendo, a los que se agregaban treinta kilos de opio sin refinar. Las impurezas subían a la superficie y se filtraban. Luego la solución pasaba a un contenedor adyacente más pequeño, donde se le añadía cal muerta —hidróxido de calcio— para convertir la morfina, que no es soluble en agua, en morfinato cálcico, que sí lo es.
Después de secarse, pigmentarse y molerse, el producto acabado, de una blancura prístina, se vertía a chorro en los contenedores de plástico. Y era tarea de Russell comprobar la pureza de cada remesa. De ahí que para él fuera fácil guardar un buen puñado de mercancía en una bolsa de plástico y escondérsela en los pantalones.
Russell Birch acarició con satisfacción el bulto que llevaba en la ingle. Estaba ansioso por salir de allí y hacer el trayecto a los servicios, para asegurarse de que, a partir de ahí, toda la responsabilidad y el riesgo corriesen por cuenta de Taylor. No obstante, se entretuvo un rato tomando unas muestras y comprobando medidas. Era increíble lo que la gente era capaz de hacer por aquel producto. Pero de repente, cuando ya se daba la vuelta para irse, la puerta se abrió de golpe. El jefe de seguridad, Donald Hutchinson, apareció ante él flanqueado por dos guardias. Russell captó la expresión de turbación que traía en la cara, larga y demacrada, pero se fijó también en su mirada acerada.
—Donald…, ¿qué tal?…, ¿qué pasa?… —inquirió Russell Birch, como un tocadiscos recién desconectado.
—Entréganoslo —dijo Donald, extendiendo la mano.
—¿Qué? ¿De qué me hablas, Donald?
—Podemos hacerlo por las malas, si lo prefieres, Russell. Pero me gustaría ahorrarte el mal trago —respondió Hutchinson, al tiempo que señalaba, por encima del hombro de Russell, una cámara de seguridad colocada en la pared. Les apuntaba directamente y, junto a la lente, parpadeaba una lucecita roja.
Russell se volvió y, al verla, se le escapó un grito entrecortado. Lo acababan de desenmascarar, y no sólo como ladrón, sino, peor todavía, como necio. Estaba tan a la vista como todos los demás aparatos de la planta, y ni siquiera se había dado cuenta de que la habían instalado. Allí estaba, boquiabierto e impotente, preguntándose qué verían en su expresión los que estuvieran mirando la pantalla del otro lado. Humillación, miedo, odio a sí mismo, pero sobre todo tener que aceptar la derrota. Dio media vuelta, metió la mano en la parte de delante de los pantalones y sacó la gran bolsa plana de polvo blanco. A continuación la entregó y siguió a los hombres de uniforme, consciente de que, independientemente de lo que fuera a pasar a continuación, era la última vez que salía del laboratorio.
Durante el humillante trayecto a lo largo del pasillo, flanqueado por su inescrutable escolta, volvió a ver a Michael Taylor, que iba empujando un carrito de recipientes de comida metálicos desde la plataforma de carga y se dirigía al comedor. Esta vez Taylor lo miró a los ojos con expresión suplicante, pero Russell Birch estaba convencido de que su socio sólo pensaba en el vacío. "



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