Agosto 1914 (fragmento)Aleksandr Solzhenitsyn

Agosto 1914 (fragmento)

"Tampoco Neidenburg llevó tranquilidad a los pensamientos de Samsónov, no le trajo una participación directa en la empresa. El cielo extraño sobre el despertar de la mañana, en la ventana las techumbres y agujas de la vieja ciudad teutónica, el cañoneo inexplicablemente próximo, el humo de los incendios que no habían sido extinguidos por completo y la superposición de dos vidas, la civil alemana y la militar rusa. Cada una de ellas fluía con arreglo a sus leyes, absurdas para la otra, pero que debían inevitablemente hacerse compatibles dentro de unos mismos muros de piedra. Y por la mañana, antes que los oficiales del Estado Mayor, estaban ya juntos, solicitando ser recibidos por el comandante en jefe, el comandante ruso de la ciudad y el burgomaestre alemán. De las existencias de que la ciudad disponía hacía falta tomar harina, era preciso cocer pan para las tropas: cálculos, reparos, objeciones. El servicio de policía montado por el comandante, ¿no ocasionaría daños a los habitantes? Los rusos se habían hecho cargo de un bien instalado hospital de sangre alemán, pero en él había médicos alemanes y heridos alemanes. Se requisaban edificios y medios de transporte para los hospitales rusos, ¿condiciones, sobre qué base?
Samsónov trataba honradamente de comprender y resolver en justicia las discrepancias, aunque ambas partes se mostraban bien dispuestas. Pero se le veía distraído. Bullía en su interior todo lo invisible e inaccesible que sucedía en los arenales y en los bosques, en una extensión de cien verstas y de lo que los oficiales del Estado Mayor no se daban prisa a acudir a informarle.
Aunque conforme a la jerarquía militar el jefe superior dispone de los oficiales de su Estado Mayor y es el que manda, y no estos disponen de aquel, dentro de la rutina de la marcha de los acontecimientos suele ocurrir lo contrario: de los oficiales del Estado Mayor depende que el jefe superior conozca y no conozca de lo que se le permitirá disponer y de qué no.
El día anterior, como cualquiera otro, había terminado con el envío de las más sensatas órdenes a todos los Cuerpos acerca de lo que hoy debían hacer, y con esta conciencia de que todo iba de la mejor manera posible se acostó el Estado Mayor del Ejército. Por la mañana, algunos oficiales habían encontrado algunas objeciones a las órdenes de la víspera, pero lo descubierto podía hallarse en contradicción con lo que ellos mismos insistían antes, así que no todos mostraban prisa en presentar su informe al comandante en jefe. Algunas órdenes dictadas la víspera debían sufrir ciertos retoques, mas con arreglo a ellas ya habían empezado los combates de la mañana y, de todos modos, sería tarde para rectificarlas. Y lo único que al comandante en jefe le quedaba era pasar la mañana sin prisas, esperando que con la ayuda de Dios todo se desenvolviera como él deseaba, es decir, de la mejor manera posible.
Sólo que no se le podía ocultar, debido al cercano cañoneo, lo sucedido en la división de Minguin. Esta división, que, no se sabía la razón, no había sido trasladada desde Novogueórguievsk a Mlawa en ferrocarril y que había marchado cien verstas a lo largo de la vía, y luego otras cincuenta, después de la rápida caminata había atacado la víspera con todos sus regimientos; los de la derecha habían estado a punto de tomar Mühlen, y los de la izquierda —el de Revel y el de Estlandia— también habían tenido éxito en el avance, aunque al llegar a la pequeña aldea de Tannenberg parecían haber sido recibidos con un intenso fuego, debiendo replegarse. Y Minguin, al tener noticia del repliegue de los regimientos de la izquierda, había retirado también los de la derecha, perdiendo así el contacto con Martos. ¿Quedaba este con el flanco izquierdo al descubierto? Además, los informes no eran precisos: ¿eran muy grandes las pérdidas?, ¿hasta qué línea habían retrocedido? La imprecisión de los informes permitía darles una interpretación no tan alarmante, tanto más que el cañoneo de esta mañana se había alejado hacia la derecha, hacia el Cuerpo de Martos.
Samsónov examinó atentamente el plano que le presentaban. Dispuso que se enviara la orden de no retroceder en ningún caso más allá de una aldea situada a diez verstas de Neidenburg. Abrigaba la esperanza de que de un momento a otro empezasen a llegar al sector de Minguin los regimientos de la división de la Guardia de Sirelius. Samsónov esperaba impaciente a este o al jefe del Cuerpo, Kondrátovich, aquella mañana, pero ni el uno ni el otro acababan de presentarse.
¿Qué hacer, enviar a un oficial para poner en claro la situación? ¿Debería ir el propio comandante en jefe y ver qué había? Pero si se desplazaba a la división de Minguin y en el otro extremo surgía algo importante. "



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