Cuentos republicanos (fragmento)Francisco García Pavón

Cuentos republicanos (fragmento)

"Las mujeres, cuando cosían entre los pliegues rojos de las cortinas unas telas blancas, rosadas por el ambiente, como el hilo, como la aguja que parecía encendida, solían recordar a aquella buena Úrsula, amiga de la tía, que murió tan joven, con el pelo negro, copioso y destrenzado sobre el embozo blanquísimo. Y al tío José Luis, aquel del bigote rubio y la corbata blanca que murió de amor por Carmen. Y aquel pintor de Valencia, con perilla y melena, que venía muchos ratos a sentarse solo en el gabinete y ver las luces rojizas «que él no sabía pintar» —según decía—. Y le gustaba mirarse sus manos blanquísimas, rosadas por las luces de aquel gabinete prodigioso.
Yo, lo que recordaba, eran noches de cena especial en aquel gabinete recogido; la mesa bajo la lámpara con tulipa roja; el humo de los habanos que subía hasta perderse entre las flores del papel del techo, y el aroma del café y del coñac. En aquellas sobremesas, el abuelo solía contar cosas de caza menor, o de pájaros excepcionales que cantaban hasta morir, o de escopetas riquísimas... O a veces se hablaba de los republicanos de Valencia y de Madrid, de la libertad, de la fraternidad humana. Y se citaban frases célebres de tribunos, dichas en mítines apoteósicos, en la huerta de Valencia.
Cuando aquella mañana volví del «cole», me pareció oír la radio en el gabinete. Me extrañó a aquellas horas de trabajo, ya que el abuelo era el único que la manejaba. Entré suavemente. Los que allí había ni se dignaron mirarme, a no ser papá. Todos, tristes, estaban atentos al altavoz en forma de bocina de saxofón negro (aparato superheterodino).
El locutor hablaba con tono doliente; con esa voz de nariz que se pone cuando se quiere parecer triste y no se está. De vez en cuando se debilitaba la audición y oía un pitido estridente o «ruido atmosférico». O lo de «E. A. J. 7, Unión Radio, Madrid». A mí todo aquello me decía: «Edificio Madrid-París. Superheterodino. Frente a Segarra, todo el mundo Callao».
El abuelo, vestido con el guardapolvos de estar en la fábrica, miraba con tristeza sus manos ensortijadas. Papá y el tío, de pie, también con guardapolvos, escuchaban en silencio. Valdivia, el gran republicano amigo de papá, se mesaba la melena, ya canosa, y sus ojos parecían enrojecidos. Su gran chalina negra era una mariposa muerta sobre su camisa blanquísima.
Yo quedé irresoluto junto a la puerta. El locutor callaba ahora y se oía un disco, que, según me dijeron luego, era la voz del prohombre muerto, que hablaba en valenciano. Valdivia, con disimulo, se limpió una lágrima. Las colillas yacían apagadas en el cenicero. En el fondo de la casa cantaba la criada, ajena al dolor del gabinete. Tras los visillos de la ventana se veían pasar los transeúntes —sólo la cabeza— sumergidos en la vibrante luz del mediodía. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com