Historia de mi palomar (fragmento)Isaac Babel

Historia de mi palomar (fragmento)

"Ella dijo algo más de nuestra semilla, pero no oí más. Estaba tirado en el suelo y por mi sien se escurrían los intestinos del pájaro despachurrado. Se escurrían a lo largo de las mejillas, serpenteando, salpicando y cegándome. La suave tripa de la paloma se deslizó por mi frente; cerré el último ojo sin tapar para no ver el mundo que se extendía ante mí. Ese mundo era pequeño y terrible. Una piedra yacía ante mis ojos, una piedra mellada como la cara de una vieja quijaruda; algo más allá había una cuerda y un manojo de plumas aún palpitantes. Cerré los ojos para no verlo y me apreté a la tierra que yacía debajo de mí con su mudez tranquilizadora. Aquella tierra apisonada no se parecía a nuestra vida ni a la espera de los exámenes en nuestra vida. Lejos de aquí sobre ella marchaba el dolor a lomo de un caballo grande, pero el golpeteo de los cascos se hacía más débil, se perdía y el silencio, el amargo silencio que algunas veces asombra a los niños en desgracia, borró la raya entre mi cuerpo y la tierra inmóvil. La tierra olía a suelo húmedo, a tumba y a flores. Escuché su olor y lloré sin miedo. Caminé por una calle ajena, llena de cajas blancas, caminé adornado con plumas sangrientas, sólo por el medio de las aceras barridas como si no fuese domingo y lloré con tanta amargura, plenitud y felicidad como jamás volví a hacerlo. Los cables blanquecinos susurraban sobre mi cabeza, un perro callejero corría delante de mí; en un callejón lateral un hombre joven con chaleco rompía un marco en la casa de Jaritón Efrussi. Lo rompía con un mazo de madera, se impelía con todo el cuerpo y, suspirando, sonreía a diestro y siniestro con la sonrisa bonachona de la embriaguez, del sudor y de la fuerza espiritual. La calle toda estaba llena de estrépitos, de crujidos y del canto de la madera quebrantada. El hombre maceaba sólo para tener motivos de inclinarse, de sudar y de gritar palabras extrañas en un lenguaje desconocido, no ruso. Las gritaba y cantaba, desgarrando por dentro sus ojos azules hasta que en la calle apareció la procesión que venía del Ayuntamiento. Ancianos con barbas teñidas portaban el retrato del zar peinado, los estandartes con santos sepulcrales se agitaban sobre la procesión, ancianas enardecidas avanzaban rápidas. El hombre del chaleco vio la procesión, apretó el mazo contra el pecho y corrió tras los estandartes; yo esperé el fin de la procesión y llegué a nuestra casa. Estaba vacía. Sus puertas blancas quedaron abiertas y la hierva al pie del palomar aplastada. Sólo Kuzmá no abandonó la casa. Kuzmá el barrendero estaba en el cobertizo y amortajaba al difunto Shoil. "


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