El tránsito de Morgan (fragmento)Anne Tyler

El tránsito de Morgan (fragmento)

"La sucursal de la Ferretería Cullen en el centro era tan vieja, estaba tan oscura y sucia, y tan llena de olores, resultaba tan estrecha y crujiente que, a menudo, Morgan sentía que más que entrar, se zambullía en ella; metía primero la cabeza, dejando en la orilla, a la vista, las suelas de las botas. Al fondo, debajo de las vigas, se encontraba un altillo para la oficina; con un escritorio de roble, rayado todo él, archivadores, un canapé de felpa marrón y una máquina de escribir Woodstock, negra, cuyas cintas tenían que enrollarse a mano. Ésta había sido la oficina del abuelo de Bonny, y aquella tienda, el primer establecimiento del abuelo Cullen. Ahora, por supuesto, había sucursales por todas partes. En un radio de cien kilómetros, casi todos los centros comerciales tenían una Ferretería Cullen, pero todas eran relucientes y modernas; ésta era la única auténtica. A veces venía el tío Ollie y amenazaba con cerrarla: «¿A esto le llaman una tienda?», decía. «¿A esto le llaman un negocio próspero?» Echaba un vistazo a su alrededor, observaba los pesados estantes de madera donde, junto a los viejos cajones de clavos, las herramientas eléctricas Black & Decker parecían absurdas. Miraba con el ceño fruncido las oxidadas rejas del escaparate, dobladas varias veces por diferentes ladrones. Morgan se limitaba a sonreír y a tironearse de la barba con ansiedad. Sabía que él contribuía a irritar a tío Ollie y que lo mejor que podía hacer era no decir nada. Luego tío Ollie se marchaba como una tempestad y Morgan regresaba a su oficina aliviado, tarareando detrás de la barba. El cierre de esta sucursal no le dejaría sin empleo; los Cullen, por consideración hacia Bonny, se sentirían obligados a encontrarle otra cosa. Pero aquí su campo de acción era más amplio. En su oficina tenía media docena de proyectos en marcha: tablones amontonados contra la escalera y un martillo en la gaveta de SALIDAS. Conocía un buen sitio para comer, no muy lejos. Tenía amigos a pocas manzanas, y Butkins, el dependiente —aunque no resultara muy interesante hablar con él—, hacía casi todo el trabajo.
Una vez, años atrás, Morgan había tenido una dependienta llamada Maria. Era una pelirroja muy joven y de cara redonda, que, para no ensuciarse la ropa, siempre llevaba un guardapolvo gris. Morgan empezó a imaginar que era su esposa. No es que la encontrase tan atractiva, pero poco a poco fabricó en su mente una escena en la que él y ella eran los dueños de una pequeña ferretería de pueblo. Incluso puede que hubieran sido novios desde la infancia. Mentalmente la hizo mayor y hubiera preferido que fuera canosa. Morgan empezó a usar una chaqueta arrugada y unos pantalones grises de trabajo. Se llamaba a sí mismo «papá el ferretero». Lo curioso era que, a veces, podía estar mirándola directamente y al mismo tiempo inventándosela de la nada, como si ella no estuviera allí. Una tarde, mientras se hallaba subido a la escalera ordenando unos estantes y ella iba alcanzándole unas cajas de cable, se le ocurrió agacharse y besarla en la mejilla. «Pareces cansada, mamá», le dijo, «quizá deberías echarte una siesta.» La chica se quedó boquiabierta, pero no dijo nada. Al día siguiente no acudió a trabajar y no volvió nunca más. El guardapolvo gris todavía estaba colgado en el almacén. A veces, cuando pasaba por allí, Morgan volvía a sentir una profunda nostalgia de los tiempos en que había sido «papá el ferretero».
Pero ahora tenía a Butkins, el pálido y eficiente joven que ya estaba colocando en el escaparate un nuevo muestrario de los productos Rubbermaid. "



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