La felicidad conyugal (fragmento)León Tolstoi

La felicidad conyugal (fragmento)

"Los días, las semanas, dos meses de vida apartada en la aldea pasaron sin que nos diésemos cuenta, según nos pareció entonces; y sin embargo, los sentimientos, las inquietudes y la felicidad de esos dos meses podrían ser suficientes para toda una vida. Mis sueños y los suyos sobre cómo organizaríamos nuestra vida en la aldea se hicieron realidad de una manera totalmente distinta de como esperábamos. Pero nuestra vida no desmerecía frente a nuestros sueños. No había que trabajar rigurosamente, ni cumplir con la obligación de sacrificarse en aras del otro como había imaginado mientras fui novia. Al contrario, lo que había era un sentimiento interesado de amor mutuo, el deseo de ser amado, una alegría constante y sin motivo y el olvido de todo en el mundo. Es cierto que a veces él se retiraba a su gabinete para ocuparse de alguna gestión, a veces iba a la ciudad por algún asunto o recorría la hacienda; pero yo veía cuánto le pesaba separarse de mí. Y él mismo confesaba que cualquier cosa en el mundo en la que yo no figurase le parecía tan absurda que no lograba entender cómo podía dedicarse a ella. A mí me sucedía lo mismo. Leía, me dedicaba a la música, a su madre, a la escuela; pero todo era únicamente porque cada una de estas ocupaciones estaba relacionada con él y merecía su aprobación; pero en cuanto él no estaba ligado a alguna cosa, los brazos se me caían, y me resultaba muy extraño pensar que hubiese en el mundo algo aparte de él. Quizá no fuera un sentimiento bueno, quizá fuera egoísta, pero era un sentimiento que me procuraba felicidad y me elevaba muy por encima del mundo entero. Sólo él existía para mí en el mundo, y para mí era el más maravilloso y el más impecable de los hombres; por eso no podía vivir para nada más que no fuese él, que no fuese ser a sus ojos lo que él creía que yo era. Y él me creía la mejor y la primera de las mujeres del mundo, dotada de todas las virtudes posibles; y yo intentaba ser esa mujer a los ojos del mejor y el primer hombre de todo el universo.
En una ocasión entró en mi alcoba en el momento en que yo estaba rezando. Lo miré y seguí rezando. Se sentó a la mesa para no molestarme y abrió un libro. Pero a mí me pareció que me estaba mirando y me volví. Él sonrió, yo me reí y no pude seguir mi oración.
—¿Tú ya has rezado? —le pregunté.
—Sí. Pero continúa, yo me voy.
—Tú rezas, espero…
Él, sin responder, quiso irse, pero lo detuve.
—Prenda mía, por favor, hazlo por mí, di una oración conmigo.
Se paró junto a mí y, bajando los brazos torpemente, con una cara muy seria, titubeando, comenzó la oración. De vez en cuando se volvía hacia mí, buscaba en mi rostro aprobación y ayuda.
Cuando terminó, me reí y lo abracé.
—¡Todo! ¡Todo es gracias a ti! ¡Como si de nuevo tuviera yo diez años! —dijo sonrojándose y besando mis manos.
Nuestra casa era una de esas viejas casas de pueblo en las que, respetando y queriendo una cosa y otra, habían vivido varias generaciones de parientes. Todos los rincones desprendían un olor a recuerdos agradables y honrados que súbitamente, en cuanto entré en la casa, parecieron volverse míos. La decoración y el orden los llevaba, a la antigua usanza, Tatiana Semiónovna. No se puede decir que todo fuese elegante y hermoso; había de todo en demasía, empezando por los sirvientes y terminando con los muebles y los guisos, pero todo estaba pulcro, era duradero, estaba bien cuidado e inspiraba respeto. En la sala, los muebles se hallaban acomodados simétricamente; también los retratos colgaban en simetría y sobre el suelo se extendían alfombras hechas en casa y esterillas. En la pieza de los divanes había un viejo piano, pequeños armarios de dos modelos distintos, divanes y mesitas con latón e incrustaciones. En mi gabinete, decorado gracias a la diligencia de Tatiana Semiónovna, se hallaban los mejores muebles de distintas épocas y modelos y, también, un antiguo espejo de cuerpo entero en el que al principio no podía mirarme de ninguna manera sin sentir vergüenza, pero al que después, como a un viejo amigo, llegué a querer. A Tatiana Semiónovna no se la oía, pero todo en casa funcionaba como un reloj, aunque había demasiada servidumbre. Pero toda esa servidumbre, que utilizaba un calzado suave y sin tacones (Tatiana Semiónovna consideraba el chirrido de las suelas y el golpeteo de los tacones la cosa más desagradable del mundo), toda esa servidumbre parecía orgullosa de su condición, temblaban frente a la vieja dama, pero a mi marido y a mí nos veían con un cariño protector y, al parecer, realizaban su trabajo con un deleite especial. Todos los sábados, sin excepción, se fregaban los suelos y se sacudían las alfombras; cada primero de mes se oficiaba un servicio religioso con agua bendita, cada día del santo de Tatiana Semiónovna, de su hijo (y mío, por primera vez ese otoño) se ofrecía un banquete para las gentes de los alrededores. Y todo esto se había realizado invariablemente desde que Tatiana Semiónovna tenía memoria de sí misma. Mi marido no intervenía en la administración de la casa y sólo trabajaba en las cuestiones relacionadas con los campos y con los campesinos, y trabajaba mucho. Se levantaba, aun en invierno, muy temprano, de manera que cuando yo me despertaba, él ya no estaba. Volvía, por lo general, para el té, que solíamos tomar a solas, y a esa hora, después de todas las gestiones y todos los disgustos relacionados con la explotación de las tierras, casi siempre se encontraba en ese alegre estado de ánimo que nosotros llamábamos «loco entusiasmo». Con frecuencia le pedía que me contara qué había hecho por la mañana, y él me contaba tales absurdos que nos moríamos de risa; a veces pedía un relato serio y él, conteniendo la sonrisa, me complacía. Yo miraba sus ojos, sus labios en movimiento y no entendía nada, sólo me complacía viéndolo y escuchando su voz. "



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