La hermandad de la buena suerte (fragmento)Fernando Savater

La hermandad de la buena suerte (fragmento)

"El tren estaba a punto de partir y un empleado de la estación me daba las últimas instrucciones para llegar a Berwick. Me hablaba en alemán, yo no sé alemán, era milagroso que le entendiera a ratos. Debía continuar hasta Halle (¿o Hull? ¿o Hule?), bajar en esa estación y tomar allí el expreso a Berwick. Era preciso seguir a todo trance hasta Halle (¿Halle? ¿Hule?) porque si perdía esa conexión no encontraría otra, no habría más remedio que volver atrás, empezar de nuevo. Intenté que me escribiera el nombre de la estación crucial en un trozo de papel, pero yo no tenía bolígrafo y él tampoco. Me prometió ir a buscarlo, se fue, no volvía. Y el tren estaba arrancando ya. Subí sin más equipaje que mi zozobra, sonó el silbato y el convoy se puso en marcha. Traca-taca, traca-taca...
No recuerdo por qué voy a Berwick. Nunca he estado allí, no sé cómo es Berwick. ¿Existe Berwick? Supongo que sí, creo recordar que hubo o quizá hay todavía tal cosa como un duque epónimo de dicho lugar. ¿O era un nombre parecido? En cualquier caso, desde luego mi viaje nada tiene que ver con el duque. ¿Por qué deberé yo ir a Berwick? Sólo sé que es urgente mi viaje, imprescindible, inexcusable. El resto me da igual. Hasta el viaje en sí mismo me da igual, una vez que tengo asumido el destino que debo alcanzar. El paisaje que veo desde la ventanilla del vagón es monótono y gris, monótono y gris. Las edificaciones —bajas, cuadradas, como bunkers— alternan con árboles desmochados y caducos, casi tímidos en su desnudo patetismo. Así kilómetro tras kilómetro, aunque no debemos de haber recorrido muchos porque el tren va bastante despacio, incluso se diría que nunca arranca decididamente del todo o no se decide a acelerar, como si después de haber finalmente arrancado fuese a parar en cualquier momento. Pero ahora frenamos sin lugar a dudas, probablemente estamos llegando a una estación.
El nombre de la estación es ilegible, impronunciable, borroso: un jeroglífico más que un rótulo. Me esfuerzo por descifrarlo con impaciencia, con ansiedad también, aunque estoy seguro —¡naturalmente!— de que aún no puede ser Halle, Hulle o Hule. Sube al tren una señora, en fin, señora es mucho decir, una mujer mayor, desgarbada, chillonamente emperifollada pero que no me da impresión de ser de clase alta sino más bien modesta, muy modesta: una mendiga quizá, una vagabunda. Arrastra una gigantesca maleta con ruedas (las ruedas también son muy grandes, casi de carretilla) y dos sombrereras de las que escapan ruidos metálicos, como si estuvieran llenas de cacerolas. Con una voz desabrida y grave, casi de barítono —hasta el punto que pienso de pronto que podría ser un travesti—, reclama mi ayuda para transportar sus pertenencias. De forma imperiosa, impertinente, impúdica pero a la que soy incapaz de negarme. Cargo con sus dos sombrereras, clang, clang, quizá lleve una armadura repartida entre ellas, en la una el yelmo y el peto, en la otra las manoplas y las calzas acorazadas, luego desfilamos por el estrecho pasillo del vagón en busca de acomodo. Precedo a mi esclavizadora y voy abriendo la puerta corredera de cada departamento, pero todos están llenos, atiborrados de gente, de niños, de militares despechugados y con cara de borracho. Pasamos por uno ocupado en su totalidad por árabes, envueltos en túnicas y velos, que nos lanzan a través de su máscara de tela una mirada fija y hostil. Entretanto el tren avanza, ahora parece que mucho más de prisa, da bruscos parones que casi me hacen caer con mis embarazosas sombrereras y vuelve a arrancar con no menos aspereza. ¡Por fin un departamento semivacío! Sólo viajan en él dos niñas idénticas, con tirabuzones y sonrisa maligna, que nada dicen pero intuyo que se burlan de nuestras fatigas. Las odio en silencio, mientras me esfuerzo por poner las sombrereras en la red superior portaequipajes. Imposible, claro, no caben, ruedan una y otra vez hacia abajo, clang, clang.
Dejo las sombrereras una sobre otra en un asiento, después de todo hay sitio libre de sobra. La virago pretende ahora que ponga la maleta gigante, viejísima, en la red superior, lo que es a todas luces imposible. Mientras trato de convencerla, el tren se detiene con humeantes resoplidos en otra estación. Me excuso confusamente y salgo a toda prisa del departamento, seguido por las invectivas groseras de la desagradecida y por las risitas tenues, pero mucho más hirientes, de las dos niñas paralelas. Recorro el pasillo lateral del vagón hacia la puerta, mientras trato de vislumbrar por las ventanillas sucesivas el nombre de la estación en que nos hemos parado. Pero no hay ningún rótulo a la vista que pueda informarme. ¿Será Halle o Hulle? Ahora que lo pienso, probablemente el tren ya habrá hecho alto en una o varias estaciones más, mientras yo me debatía con las malditas sombrereras. Desde la portezuela del vagón pregunto a gritos a un anciano caballero, con gabán y sombrero tirolés de fieltro verde, que pasea fumando por el andén: «¿Estamos en Halle?» No me oye bien, se lleva la mano en forma cóncava a la oreja para señalármelo, pero se detiene y se acerca amablemente. Repito varias veces mi pregunta, cada vez con mayor premura porque oigo varios pitidos que probablemente anuncian la inmediata partida del convoy. ¿Halle? Parece que no me entiende, seguramente no habla mi lengua o puede que yo no pronuncie bien el nombre. ¿Hulle? ¿Hule? Por fin niega rotundamente con la cabeza y sonriendo hace un gesto con la mano, señalando hacia la parte trasera del tren, al camino de dónde venimos. Lo que yo me temía, me he pasado de estación. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com