Hermann Lauscher (fragmento)Hermann Hesse

Hermann Lauscher (fragmento)

"A pesar de que los meses de mi vida pasados en medio de los verdes prados surgen en mi recuerdo como un sueño hermoso e ininterrumpido, de una claridad constante, aparecen algunos días con un brillo particular y con unos contornos más suaves. Daría cualquier cosa por poder recordar mejor aquellos días. Cuantas veces he intentado recordar aquellos bellos momentos, otras tantas me ha dominado la tristeza de aquellos miles de días olvidados. Ya no vive nadie que me pueda contar cosas de mi vida, y la mayor parte de mis años de infancia aparecen ante mi nostalgia como una maravilla, como una felicidad áurea e incomprensible. Pertenece a las imperfecciones y renuncias de la vida humana el hecho de que nuestra infancia se nos vuelva extraña y permanezca en el olvido como un tesoro que se ha escapado de unas manos juguetonas y ha caído en lo hondo de un profundo pozo. Hasta los días de mi infancia puedo seguir el hilo de mi vida; pero más allá sólo algunos días aislados surgen esbozados en la penumbra. Desde estos recuerdos quiero volver hacia atrás, hacia mi infancia, pero no vislumbro más que un agitado mar lleno de enigmas y de comienzos, sin formas, impregnados de un perfume de lejanías y cubiertos de un velo que oculta sus maravillas.
Entre aquellas visiones plateadas y aisladas recuerdo un paseo que me es especialmente valioso, porque contiene la imagen más antigua de mi padre. Estaba sentado conmigo sobre el pretil de la capilla de Santa Margarita caldeada por el sol y me enseñaba por vez primera desde aquella altura la llanura del Rin. La primera impresión de este delicado paisaje verde claro se confunde en mi recuerdo con aquellas otras visiones que en el transcurso del tiempo he captado al contemplarlo de nuevo. Pero esta primera imagen de mi padre se diferencia de todas las demás. Su barba negra rozaba mi frente rubia, y sus ojos grandes y claros descansaban en los míos. Cuando pienso en aquel momento de reposo junto a la muralla creo ver de nuevo el perfil de su cara, la barba y el cabello negro, la nariz fuerte y noble, los labios vigorosos y rojos, los negros bucles de la nuca, los grandes ojos vueltos hacia mí, su cabeza descansando sobre el azul de un cielo estival.
A aquel mismo verano debe de pertenecer otra visión, que, sin conexión con la anterior, ha quedado grabada de una manera asombrosamente clara y fiel en mi memoria. Veo la figura alta y delgada de mi padre que, de pie y con la cabeza echada para atrás, camina hacia una puesta de sol. En la mano izquierda lleva el sombrero de fieltro. Mi madre se apoya suavemente en él, mientras caminan lentamente. Ella es más baja y más robusta; sobre los hombros se anuda su pañuelo blanco. Por entre las dos cabezas casi juntas brilla el sol purpúreo. Los contornos dorados de estas figuras se recortan vigorosamente dibujados; a ambos lados aparece un campo de trigo abundante y maduro. No sé cuál fue el día en que caminaba así detrás de mis padres; pero esta visión me ha quedado grabada de un modo indeleble y fresco. No conozco ningún cuadro viviente o pintado que en sus líneas o en sus colores se me aparezca más hermoso y que me sea más querido que estas dos nobles figuras por el sendero entre espigas, caminando hacia el fuego rojo del sol, silenciosos y cubiertos por su brillo dorado. En innumerables sueños y noches de insomnio buscaban mis ojos esta visión, ésta mi más querida joya, legado de una de mis horas más felices. Nunca he vuelto a ver ponerse el sol detrás de un mar de espigas, una puesta de sol tan roja, tan magnífica, tan llena de paz, tan llena de fulgor y de abundancia. Y si verdaderamente volviera a ver una puesta de sol como aquélla, cualquiera que fuera el atardecer en que esto sucediera, y no viera a aquellos amados seres a cuya sombra caminaba, tendría forzosamente que cerrar los ojos dominado por la tristeza.
El recuerdo de mi padre y de mi madre empieza a ser más claro desde aquel día. Independientemente de mi vida solitaria por los prados, vivía una existencia alegre en nuestro hogar. Mis recuerdos no son tan uniformes y claros como los de mi deambular por los prados, debido a que en mi sentir intervenían otras personas y a que se multiplicaban mis emociones. No me es posible recordar cuándo empezó realmente la influencia de mi padre sobre mí en lo referente al arte en general y en particular al arte lírico, ni cuándo la influencia de mi madre en el terreno musical. Algunas impresiones de esta índole aparecen aisladas en los recuerdos de tiempos posteriores, pero tienen que haber existido con anterioridad.
No me atrevo a hablar mucho de mis juegos infantiles. No hay nada tan maravilloso e incomprensible, nada que nos parezca tan extraño y lejano y que olvidemos tan ineludiblemente como el alma del niño que juega. Debido a nuestra posición desahogada y a la esplendidez de mis padres no me faltaron nunca los juguetes. Poseía soldaditos, libros de láminas, juegos de construcción, caballos, columpios, coches, látigos…; y más tarde también tiendas, balanzas y dinero, sin contar con que, para jugar a teatros, podía disponer de las cosas de mi madre. A pesar de ello, mi fantasía se entretenía con objetos menos cómodos y creaba caballos de taburetes, construía casas de mesas, pájaros de trozos de paños, y de misteriosas cuevas con la pared, el biombo y las sábanas.
Junto a ello había en los cuentos que me contaba mi madre una superabundancia de mundos y ambientes bastante para llenar todos mis sueños. He escuchado y leído a escritores, narradores y comentaristas de fama mundial, y siempre los he encontrado torpes y aburridos cuando los he comparado con las narraciones de mi madre. ¡Oh, aquellas narraciones tan maravillosas, aquellas historias doradas del Niño Jesús en Belén, en el Templo, o en el camino de Emaús! En el retablo tan rico de la vida del niño no hay cuadro más dulce y santificado que el de la madre que narra un cuento, en cuyas rodillas se reclina una rubia cabeza con ojos llenos de profundo asombro. "



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