El gran rostro de piedra (fragmento)Nathaniel Hawthorne

El gran rostro de piedra (fragmento)

"Para este tiempo el pobre Sr. Gathergold estaba ya muerto y enterrado. Y lo más curioso del caso era que su riqueza, que era el cuerpo y alma de su existencia, había desaparecido antes de su muerte, no dejando de él más que un esqueleto viviente, cubierto de una piel arrugada y amarilla. Desde que se desvaneció su oro la gente había acabado por reconocer en general que, después de todo, no había un parecido tan impresionante entre las innobles facciones del arruinado comerciante y el majestuoso rostro de la ladera de la montaña. De manera que la gente dejó de honrarle mientras vivió y poco a poco lo relegó al olvido tras su fallecimiento. De tarde en tarde, es cierto, surgía su recuerdo en conexión con el magnífico palacio que había construido y que había sido convertido en hotel hacía tiempo para alojamiento de los forasteros que venían en multitudes cada verano a visitar aquella famosa curiosidad natural. De esta manera, con el Sr. Gathergold desacreditado y arrojado a las sombras, el hombre de la profecía estaba aún por venir.
Sucedió que un nativo del valle, muchos años antes, se había alistado como soldado y, tras una larga carrera de duras luchas, había llegado a ser un ilustre general. Fuera como fuera llamado en la historia, era conocido en los campamentos y en los campos de batalla con el sobrenombre de Old Blood-and-Thunder[3]. Este veterano, curtido en mil batallas, encontrándose ahora enfermo por la edad y las heridas, y cansado del ajetreo de la vida militar y del batir de los tambores y el estruendo de las trompetas que tanto habían sonado en sus oídos, últimamente había dado a conocer su propósito de volver a su valle natal, con la esperanza de encontrar el reposo donde él recordaba que lo había dejado. Los habitantes, sus viejos vecinos y sus hijos ya crecidos, estaban decididos a dar la bienvenida al famoso militar con una salva de cañón y una comida pública. Y con el mayor de los entusiasmos se afirmó que ya, por fin, el retrato del Gran Rostro de Piedra había aparecido efectivamente. Se dijo que un ayudante de campo de Old Blood-and-Thunder que viajaba por el valle había quedado impresionado con el parecido. Por otra parte, los compañeros de escuela y antiguos conocidos del general estaban dispuestos a testificar bajo juramento que, hasta donde llegaban sus recuerdos, el mencionado general había sido extraordinariamente igual que la majestuosa imagen, incluso cuando era un muchacho, sólo que la idea no se les había ocurrido en aquel tiempo. Grande, por tanto, era la conmoción de todo el valle. Mucha gente, a la que nunca se le había ocurrido la idea de mirar al Gran Rostro de Piedra durante años y años, pasaba ahora el tiempo mirándolo para conocer exactamente el aspecto que tendría ahora el general Blood-and-Thunder.
El día de la gran fiesta, Ernesto, con todas las demás personas del valle, dejó su trabajo y se dirigió al lugar donde se había preparado el banquete campestre. Al acercarse pudo oír la potente voz del reverendo Battleblast[4] que suplicaba una bendición sobre las buenas viandas colocadas ante ellos y sobre el distinguido amigo de la paz en cuyo honor se habían reunido. Las mesas estaban colocadas en un claro del bosque rodeado de árboles por todos los lados menos por uno que lo abría hacia el este, permitiendo una vista distante del Gran Rostro de Piedra. Sobre la silla del general, que era una reliquia procedente de la casa de Washington, se alzaba un arco de ramas verdes, con el laurel profusamente entremezclado y coronado por la bandera de su país, bajo la cual había conseguido sus victorias. Nuestro amigo Ernesto se puso de puntillas con la esperanza de conseguir echar un vistazo al celebrado huésped. Pero había una impresionante multitud alrededor de las mesas, ansiosa por oír los brindis y los discursos, y por captar cualquier palabra que pudiera salir como respuesta de la boca del general. Una compañía de voluntarios, que realizaba un servicio de guardia, punzaba despiadadamente con sus bayonetas a cualquier persona que estuviera especialmente tranquila entre el gentío. Así que a Ernesto, al ser de un carácter discreto, le fueron empujando casi hasta el fondo, desde donde no pudo ver más de la fisonomía de Old Blood-and-Thunder que si éste hubiera estado aún bajo el fuego de la batalla. Para consolarse, se volvió hacia el Gran Rostro de Piedra, y éste, como un amigo fiel y largamente recordado, le devolvió la mirada y le sonrió a través de la perspectiva del bosque. Entretanto, sin embargo, pudo llegar a oír los comentarios de varios individuos que comparaban las facciones del héroe con la cara de la distante ladera de la montaña. "



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