El tren de Venecia (fragmento)Georges Simenon

El tren de Venecia (fragmento)

"Eso era todo. Tampoco aquí había demasiado pathos, ni se traslucía ningún sentimiento de piedad hacia una joven elegante que tal vez no se contentaba con su sueldo y «recibía en su domicilio a numerosos visitantes».
Sin embargo, un detalle le resultó inquietante a Calmar: «… la policía prefiere guardar silencio sobre este asunto…».
¿Significaba eso que la policía tenía por lo menos un indicio que no quería desvelar? ¿Habrían detectado la presencia de un hombre vestido con un traje de color marfil que, a última hora de la tarde, se había detenido frente al edificio y había vuelto a subir a un taxi instantes después? ¿Habían dado quizá con el taxista? ¿Les habría facilitado este su descripción y habría mencionado el maletín?
La camarera del restaurante de la estación seguro que se acordaría de él, de sus dos whiskies y de su rostro inquieto o desencajado.
En lo sucesivo, todo aquello ya formaba parte de su vida, e incluso se había hecho a la idea de ello. El lunes por la noche fue en coche hasta Sartrouville y arrojó al Sena el maletín envuelto en un papel azulado, que quedó flotando largo rato en el agua antes de hundirse definitivamente.
Todo le inspiraba desconfianza, tanto los coches aparcados en la oscuridad, que quizá daban cobijo a parejas de enamorados, como las gabarras amarradas a lo largo de los muelles o los vagabundos que dormían al pie de un árbol o del pilar de un puente.
Había tomado la precaución de hacer todas las comidas en Chez Étienne, salvo la noche que fue a cenar con Bob y con su nueva amante, aquella Françoise mal hablada que seguro que dijo en cuanto Calmar se hubo marchado: «Oye, tu amigo no es muy divertido que digamos…».
Nunca había sido divertido, pero, aparte de la época más sombría del colegio, tampoco creía ser el más triste de los hombres. Por las noches ayudaba a Josée a hacer los deberes, y ella no dudaba en gastarle bromas, cosa que no se habría atrevido a hacer con un padre gruñón o muy serio.
No. Era como los demás hombres, como la mayoría. Incluso ahora, ¿acaso no estaba actuando como lo habría hecho cualquier otra persona en su lugar?
A falta de un escondite seguro en los despachos o en el laboratorio de la Avenue de Neuilly, optó resignado por una solución que sólo le gustaba a medias y que consideraba provisional.
Puesto que había recogido el maletín en una taquilla automática, ¿por qué no seguir empleando el mismo sistema?
El martes salió del despacho más temprano que de costumbre y atravesó casi todo París para llegar a una marroquinería del Boulevard Beaumarchais. Convencido como estaba de que no debía hacer en su barrio una compra que no podía justificar, se acordó de esa tienda, que había vislumbrado un día que pasaba por allí y que estaba más o menos a la altura del Circo de Invierno.
Lo único que le importaba era el tamaño, no la calidad. Al contrario, el maletín debía ser lo bastante corriente como para no llamar la atención cada vez que fuera a retirarlo.
Porque en lo sucesivo se vería obligado a recogerlo cada cinco días, según lo estipulado en el reglamento. Después de cinco días, el encargado de la consigna abría las taquillas y dejaba el contenido de las mismas en los anaqueles de la consigna durante un plazo de seis meses.
Calmar no quería arriesgarse. Aunque también era posible alquilar una taquilla durante un periodo más largo, pero se habría visto obligado a cumplimentar un formulario con su nombre y una dirección.
Empezó por la Gare Saint-Lazare. Debía retirar el maletín o volver a meter las monedas en la ranura antes del domingo, pero esta segunda opción le parecía demasiado arriesgada; prefería cambiar de estación cada vez.
Esta actividad resultaba mucho más complicada de lo que parecía a primera vista. Hasta su regreso de Venecia, nunca se había percatado de que vivía prisionero de una rutina y de que sus actos y sus gestos eran observados las veinticuatro horas del día, bien por su mujer y sus hijos, bien, en la oficina, por el jefe, sus compañeros y las secretarias.
Prueba de ello es que nunca había oído hablar tanto de su mal aspecto; ¡como si no estuviera en su derecho de tener digestiones pesadas o de sentirse inquieto, desasosegado! "



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