La gallina ciega (fragmento)Max Aub

La gallina ciega (fragmento)

"No estoy cansado. Llevamos cinco horas de Barcelona aquí. ¿Qué habrá? ¿Ochenta o cien kilómetros? Por los «tapones» de la supercarretera sólo ancha de cuando en cuando. Todo es cuestión de tiempo.
Luis es encantador, amable, servicial, me trata como si yo fuese un objeto de lujo, que se pudiera romper.
El Ampurdán es otra cosa. Al Ampurdán, piedra y olivo, gris y verde, no lo han cambiado. Tampoco la Barcelona que atravesamos por la Diagonal (no sé cómo se llama ahora), ni los edificios de la Exposición, sólo más sucios, tan viejos como las casas que conocí, evidentemente con treinta años menos, pero no es razón para que estén podridas de humo, de polvo, de mugre, de lo que sea, que las envejece como si les hubiese caído un siglo encima. Sin contar que para las ciudades vivas envejecer es remozarse. No pasa la primavera de los años verdes más que para los hombres.
Enormidad de gentes, enormidad de coches, tan pequeños que las personas parecen más altas, más gordas; desde luego, lucidos. Mucho francés, una enormidad de coches de matrícula francesa y más mientras nos acercamos a la frontera; nunca vi tantos, ni en Francia.
Extraña sensación de pisar por primera vez la tierra que uno ha inventado o, mejor dicho: rehecho en el papel. No es la carretera de Enero sin nombre sino otra, paralela. Pero puede ser la de El limpiabotas del Padre Eterno. Existe. No la inventé. O, sí, la inventé con sólo levantar la cabeza. Antes no era así. Es la primera vez que voy y vengo por aquí. ¿Antes? Era otra vida.
Íbamos hacia Cadaqués y Luis quiso que comiéramos en un viejo más; que él sabe de eso. Queda la casa en una hondonada, a la derecha de la carretera; el edificio rústico es preciso, amplio, bien decorado, con toda clase de elementos de labranza a mano para que la gente no olvide que come de su mismo sudor: azadas, zapapicos, palas, ruedas, rejas, rastrillos, que son elementos tan buenos como los mejores para decorar paredes encaladas. Panes enormes —de huerta, decimos en Valencia— morenos, con su harina, como polvo de arroz, sobre su superficie tostada, abren surcos en el paladar; los manteles rojos convidan, los olores abren en canal. Pero no hay dónde sentarse y tenemos que echar a andar de nuevo el coche en busca de otro lugar. Cualquiera nos parece bueno por el goloseo; pero nuestro anfitrión conoce sus clásicos y no paramos hasta Sils, en el Hostal del Rolls (no invento ni inventaré), a la izquierda del camino, donde de pronto nos hallamos ante un monte de salchichones, butifarras, embutidos, longanizas, morcillas de todos tamaños, durezas, colores y gustos, tantos que después todo sobra, mas para seguir ahí están, tranquilos, suaves, gustosos, partiendo plaza, el pan y el vino de la tierra y el conejo…
Podrán no construir —construyen, a la vista está—, desaparecer regímenes —no desaparece—, pero España desde que hay vacaciones pagadas tiene agarrada a Europa por el estómago y no la soltará ni ésta querrá librarse. Único país (tal vez con Bélgica) donde todavía —de nuevo— se come como hace más de medio siglo platos hechos de verdad, no para paladearse sino para eructar; sólo en el sur de Francia, pero allí en cantidades menores y por mucho más dinero. Comprendo el imán que tiene para los alemanes el sol, el vino —regular y regalado—, el aceite al que se acostumbran quieran o no. Lo mismo les da aceite o trabajadores, langostas o criadas. No acabará mientras no varíen otras cosas, que no llevan ese camino. Todos contentos. Saliendo de Figueras la carretera se estrecha, sube. Serpentea. Todo es piedra. Mueren los árboles. Allá a lo lejos, abajo, enorme, azul, tranquila, suave, destrozada en sus bordes: la bahía de Rosas y el pueblo, que fue pequeño y casi nada, rodeado de rascacielos. Se traspone. Cadaqués. Cadaqués, lleno de gente. Cadaqués: su centro pequeño, su playa pequeña, su puerto pequeño, sus barcas pequeñas, sus bares pequeños y todo revuelto y roto por la música, la misma de París, la misma de Londres, la misma de Nueva York. Altavoces, gritos, movimientos aunque ahora nadie baile. Sábado a todo meter y beber.
El hotel, si hotel se puede llamar al parador, hostería o lo que sea, en la plaza, frente a la playa, frente a los bares, frente a los cafés, la terraza entre tiendas de curiosidades, llena de jóvenes diestros y ambidiestros, de calzón corto y de calzón largo, con camisetas de todos los colores, rojos, verdes, amarillos, azules y todos hablando francés. Nos llevan a una habitación imposible: enorme, altísima de techo: rara hasta más no poder. Un cuarto de baño improvisado con azulejos de quién sabe dónde y puestos de cualquier manera. Tablas en vez de armarios. Telas colgando. Todo con cierto gusto. Y el ruido y la música que llegan de la calle, del bar, del salón (¿cómo llamarlo?) que lo invaden todo y las bocinas, mejor dicho los cláxons. Bulla. Bullicio de vacación en grupo, de olvido; vocación de sol y vino. Bajamos. Vamos a cenar a casa de Carmen. Una casa nueva, nueva, nueva, encantadora. Una cena espléndida (¿para qué repetirlo aunque no lo haya dicho?). Parece que querían que cenáramos nosotros con los García López —Pepe García y Carmina Pleyán— para que pudiera hablar con este excelente profesor de literatura. Pero irrumpen, habla que te habla, dando saltos y abrazos Gabo García Márquez, gordo, lucido, bigotudo. Y la Gaba. "



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