Tras-os-Montes (fragmento)Julio Llamazares

Tras-os-Montes (fragmento)

"El viajero da la vuelta a la casona, deteniéndose a mirar los ventanales y parándose a escuchar al lado de cada puerta. Ahí dentro, se pone a pensar ahora, debió de escribir Camilo sus primeros poemas juveniles y, desde esos ventanales, asomado sobre el valle del río Corgo, empezaría a soñar quizá los amores y aventuras que más tarde viviría realmente o —en ficción— en sus novelas. Como la de la oveja y el lobo de Samardã, que seguramente oyó contar a los vecinos de Vilarinho en las noches de velada junto al fuego.
Pero la casa, ahora, está en silencio. Tras las puertas y ventanas no se oye más que el fluir de las horas, que pasan sin hacer ruido, y el viajero, que creía estar ya dentro, se da cuenta de que el tiempo es lo único que queda. El tiempo y esas abejas que zumban en torno a él, como caídas de los árboles, y que le obligan a dar la vuelta.
—¿Ya la vio? —le pregunta, cuando vuelve, la mujer del lavadero.
—Por fuera —dice el viajero.
Pero el viajero no está contento. Tantas idas y venidas buscando el rastro del escritor le parecen cuando menos razón más que suficiente para seguir buscando sus huellas. Y, además, todavía es pronto para volver al camino. Aún le queda mucha tarde por delante y Vila Real está ya muy cerca.
Por desgracia, no encontrará mucha gente que le cuente de Camilo. Primero, porque no hay (o, al menos, así parece) y, segundo, porque la poca gente que encuentra: una vieja asomada a una ventana, un hombre también mayor y dos mujeres más jóvenes sentadas junto a una puerta, apenas saben ya nada del que fuera su vecino más famoso. La mujer del lavadero, por ejemplo, sólo sabe que escribía y las dos que están sentadas, una cribando garbanzos y la otra dándole el pecho a su hijo, que, además de escritor, era feo y mujeriego. Lo cual no añade nada a lo que él sabía, pues las dos características suelen ir juntas y se les dan por supuestas a los del gremio.
Así las cosas, la única huella del escritor que el viajero encuentra en su pueblo es, aparte de la casa y de la placa que dice que allí pasó los primeros y únicos años felices de su juventud, una lápida en la iglesia puesta en honor de dos curas que en Vilarinho ejercieron su ministerio y que se llamaban precisamente Antonio y Luis Castelo Branco. Por fortuna para ambos, los dos se murieron antes, al decir de la inscripción, de que el escritor naciera.
Pega el sol todavía fuerte, y eso que son las seis de la tarde, cuando el viajero vuelve al camino. Apenas le restan ya doce o catorce kilómetros para llegar a Vila Real, que es su siguiente destino. Y el último, si nada ocurre, por este día.
El viajero mira al cielo con tristeza. Le da pena que Camilo no esté ya para contarle. Le gustaría poder hacer sentado a su lado el trayecto que él haría tantas veces a caballo o en tartana cuando venía de Vila Real camino de Vilarinho. Pero Camilo ya está muy lejos, se fue para no volver como las propias tartanas y, por la carretera, ahora, los únicos que se ven son los coches que circulan a toda velocidad obligando al viajero a arrimarse a su derecha. Se nota que tienen prisa por llegar a la ciudad.
En una curva, no obstante, a poco de Vilarinho, la carretera cruza un pinar y se ensancha de repente. Varios vehículos están parados a la sombra de los pinos y, al fondo, junto a una fuente, docenas de domingueros se solazan y refrescan alrededor de unas camionetas. Son fruteros ambulantes que han alzado aquí sus puestos del mismo modo en que lo había hecho aquel a quien el viajero compró los higos varios kilómetros más atrás. Aunque éstos tienen más suerte: están entre los pinos y a la sombra de una fuente y aquél sólo disponía de la que le daba el toldo. "



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