Las vidas de Dubin (fragmento)Bernard Malamud

Las vidas de Dubin (fragmento)

"Dubin había cedido marzo al invierno —¿había elección?—, pero no soportaba un abril invernal. No obstante, la bailarina helada continuaba su danza invisible, y un día, en los bosques, descubrió varias campanillas de invierno entre los rastros nevados. La nieve se derretía al sol; la tierra se secaba o al menos lo pretendía; la época del barro se retrasó respecto al año anterior. El sol calentaba más cada día. Siguiendo el camino largo, Dubin distinguió un campo oscurecido por el arado, cuyo suelo removido despedía unos destellos verdosos. En el comedero de Kitty apareció una multitud de pájaros, entre los que Dubin fue capaz de distinguir grajos, tordos, gorriones, estorninos y, a veces, algún pinzón rojo. Y cuando aquellos salían volando, un enmascarado individualista y misterioso, un encopetado cardenal rojo que llevaba todo el invierno yendo y viniendo, picoteaba los granos de maíz, deteniendo su comida a intervalos para detectar presencias invisibles. Cuando se desplomaba sobre la tierra un chaparrón repentino, los pájaros alzaban el vuelo de golpe, trazando arcos enloquecidos en el aire, pero, a los pocos minutos, volvían a picotear la hierba, ahora más verde, bajo una lluvia suave. Entonces, como salido de la nada —de su tumba—, se levantaba un viento lastimero que arrastraba lúgubres gallardetes de nieve y sólo un instante después el sol resplandecía en el cielo azul. Dubin, atendiendo el consejo de Thoreau, dejó de remolonear con el invierno y llamó primavera a la estación.
Arrastraba una necesidad opresiva de hacer algo distinto, de provocar un cambio que llamara a otros cambios. ¿Por qué no había podido superar el peso del invierno? Estaba harto de esperar que ocurriera algo y sentía la necesidad imperiosa de simplificar su vida y averiguar si era capaz de obrar de otro modo. No tardó mucho en necesitar también un espacio nuevo en el que estar, observar, reflexionar, después del abatimiento de los meses pasados y del malestar que le producía su compromiso con Lawrence. Al fin, decidió trasladar su despacho al pequeño cobertizo en el que años antes se había construido una habitación para trabajar y que, por uno u otro motivo, nunca había ocupado y ni siquiera se había molestado en amueblar. A Kitty le había gustado la idea de que tuviera otro espacio allí cerca para trabajar, porque preveía que un día Maud y Gerald irían a visitarlos durante el verano con sus hijos y si Dubin trabajaba fuera de casa no habría que imponerles silencio.
Un día de principios de abril en que el biógrafo fue a inspeccionarlo, encontró el despacho del cobertizo lleno de humedades que despedían un ligero tufillo a ensilaje y a estiércol, además de unas moscas zumbonas de tripa verde que ponían sus huevos en las paredes. El techo rezumaba a causa del peso de la nieve y la parte alta de la librería tenía varios metros descoloridos. Olía a moho, a cadaverina invernal, pero funcionaba la corriente eléctrica, lo que inmediatamente quitó la humedad y, con ella, los olores. Un techador cambió la parte de la cubierta en que las tejas de madera estaban rotas y podridas. Dubin exterminó a las moscas verdes con un pulverizador, contra la opinión de Kitty, que se ofreció a espantarlas con un periódico. Compró una mesa rectangular de pino para trabajar y bajó dos sillas del desván. Kitty aportó una lámpara de pie —uno de los regalos de su boda con Nathanael— y Dubin compró un sofá-cama para el caso de que tuviera ganas de descabezar un sueñecito con el calor del verano. "



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