Impresiones de África (fragmento)Raymond Roussel

Impresiones de África (fragmento)

"Durante una semana la navegación fue apacible y feliz. Pero en medio de la octava noche un terrible huracán se desató en pleno Océano Atlántico. La hélice y el timón fueron quebrados por la violencia de las olas y, tras dos días de una carrera enloquecida, el Lyncée, como un tronco inerte, fue a encallar contra la costa africana.
Ninguno faltó al llamado, pero ante el navío desfondado, que sólo llevaba unos botes fuera de uso, debimos renunciar a toda esperanza de volver a alta mar.
Apenas desembarcados vimos lanzarse sobre nosotros, con ágiles zancadas, varios centenares de negros, que nos rodearon alegremente, manifestando su alegría con ruidosos clamores. Eran guiados por un joven jefe de rostro inteligente y abierto que, presentándose con el nombre de Seil-kor, nos sumergió en profunda sorpresa al contestar a nuestras primeras preguntas en un francés suelto y correcto.
Algunas palabras intercambiadas nos hicieron conocer la misión de Seil-kor, encargado de conducirnos hasta Ejur, capital del emperador Talú VII que, a la espera desde hacía unas horas del inevitable naufragio de nuestro navío, señalado por un pescador indígena, pensaba retenernos en su poder hasta el pago de un rescate suficiente.
Fue necesario inclinarse ante la fuerza numérica.
Mientras los negros se encargaban de descargar el barco, Seil-kor, cediendo a nuestras súplicas, se dignó darnos diversos detalles de nuestra futura residencia.
Sentado en una estrecha roca a la sombra de un alto acantilado, el joven orador empezó por contar su propia historia ante el grupo que formábamos, escuchando atentos tendidos aquí y allá sobre la blanda arena.
A los diez años, una vez que vagaba por la misma región a la que nos había arrojado la casualidad. Seil-kor encontró a un explorador francés llamado Laubé; éste, seducido por el rostro despierto del niño, resolvió llevarlo consigo y mostrar a los suyos aquel vivo recuerdo de su viaje.
Desembarcado en la costa occidental de África, Laubé había jurado no volver jamás sobre sus pasos; acompañado por una valiente escolta, avanzó bastante hacia el este; después, torciendo hacia el norte, franqueó el desierto a lomo de camello y llegó al fin a Trípoli, punto de llegada fijado de antemano.
En los dos años que duró el viaje, Seil-kor había aprendido el francés por oírlo a sus compañeros; sorprendido ante esta facilidad, el explorador había llevado su solicitud hasta dar al niño muchas y fructuosas lecciones de lectura de historia y de geografía.
En Trípoli, Laubé esperaba encontrar a su mujer y a su hija, quienes, según ciertos proyectos arreglados en el momento de la separación, debían desde hacía dos meses estar ya instaladas en el Hotel de Inglaterra, esperando el regreso de Laubé.
El explorador experimentó una emoción muy dulce al enterarse, por el portero del hotel, de la presencia de las dos queridas abandonadas, desde hacía tanto tiempo robadas a su tierno afecto.
Seil-kor, discretamente, salió a visitar la ciudad no queriendo molestar los primeros momentos de expansión esperados con tanta impaciencia por su protector.
Al volver después de una hora al gran vestíbulo de entrada, percibió a Laubé, quien lo llevó a su cuarto, situado en la planta baja, y brillantemente iluminado por una gran ventana abierta que daba sobre los jardines del hotel.
El explorador, que ya había hablado de Seil-kor como de un personaje muy inteligente, quería hacer al niño un examen sumario antes de presentarlo a las dos compañeras de su existencia.
Algunas preguntas sobre grandes hechos históricos obtuvieron respuesta satisfactoria.
Abordando de inmediato la geografía de Francia Laubé preguntó cuál era la capital de una serie de departamentos citados al azar.
Sentado frente a la ventana, Seil-kor, que no se había equivocado aún en aquel recitado casi mecánico, en el momento de nombrar la prefectura de Corrèze, se sintió desfallecer: una nube pasó ante sus ojos y sus piernas temblaron, mientras el corazón le daba en el pecho golpes sordos y apresurados.
Esta turbación era provocada por la vista de una deslumbrante niña rubia de unos doce años que, al atravesar el jardín, había cruzado un instante su maravillosa mirada azul y profunda con la mirada deslumbrada de Seil-kor. "



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