La maldición de Ra (fragmento)Naguib Mahfuz

La maldición de Ra (fragmento)

"Aquel día llevaba la impronta de los sueños; por la tarde, Djedef se puso el retrato en el pecho y alquiló una barca que le llevara hacia el norte… No era consciente de sus actos, ni había sopesado las consecuencias de su comportamiento; lo más que podía decir era que estaba como encantado y escuchaba y obedecía a la llamada de su inspiración. Se lanzó hacia su desconocido objetivo empujado por un sentimiento violento e irresistible. Le había dado un ataque de enamoramiento, y ese amor se había asentado en un corazón valiente que no temía la muerte; intrépido, no se detenía ante ningún peligro y por lo tanto era natural que se aventurase. No era su costumbre quedarse parado; que fuera lo que tuviera que ser.
La barca surcaba las olas empujada por la fuerza de la corriente y la de sus brazos musculosos. Djedef recorría la costa con la mirada buscando su árbol, y al principio no vio más que los jardines de los palacios de los ricos de Menfis que descendían hacia el río en escalinatas de mármol. Prosiguió durante algunas millas sin ver más que extensiones de campos hasta que avistó a lo lejos los jardines del palacio del faraón; se desvió hacia el centro del río para evitar la zona de vigilancia y luego giró de nuevo hacia la orilla, donde se encontraba el templo de Apis. Finalmente se adentró hacia el norte, bordeando una zona adonde no iba nadie más que durante las fiestas y celebraciones. Estaba a punto de desistir cuando, cerca de allí, avistó a un grupo de campesinas sentadas en la orilla, con las piernas en la corriente. Su corazón dio un vuelco y en sus ojos brilló la esperanza. En un último esfuerzo, dirigió el bote hacia la orilla; a cada golpe de brazo se volvía hacia ellas con insistencia, y cuando estuvo en condiciones de distinguir sus rostros, un grito secreto de alegría escapó de sus labios, como el de un ciego que recuperase repentinamente el don de la vista. Experimentó la alegría del náufrago cuyos pies topan con una piedra cuando está a punto de ahogarse; vio a su deseada campesina, cuya imagen yacía en su corazón, sentada en la orilla y rodeada por un corro de compañeras. Como dijimos, todo estaba dotado de una atmósfera de ensueño; amarró el bote cerca de ellas y se puso en pie, alto como era, con su uniforme blanco y elegante, altivo como una estatua divina, bello y seductor como un dios del Nilo. Observaba, lleno de amor y deseo, a aquella muchacha de rostro angelical. La campesina, perpleja, recorría con la mirada los rostros de sus jóvenes compañeras, que a su vez observaban el rostro resplandeciente del joven. Pensaban que fuese alguien que estaba de paso, pero cuando le vieron en pie sacaron las piernas del agua y se pusieron las sandalias. "



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