El avaro (fragmento) Moliére

El avaro (fragmento)

"FROSINA.— ¡Cómo! Es una joven que os aportará doce mil libras de renta.
HARPAGÓN.— ¡Doce mil libras de renta!
FROSINA.— Sí. Ante todo, está alimentada y educada con un gran ahorro de estómago. Es una joven acostumbrada a vivir de ensalada, de leche, de queso y manzanas, y que no necesitará, por consiguiente, ni mesa bien servida, ni caldos exquisitos, ni cebadas mondadas constantes, ni las demás delicadas fruslerías que requeriría cualquier otra mujer; y esto no representa tan poco que no ascienda todos los años a tres mil francos, por lo menos. Aparte de esto, sólo le preocupa un aseo muy sencillo y no le gustan los vestidos costosos, ni las ricas joyas, ni los muebles suntuosos, a los que tan apasionadamente aficionadas son las de su sexo; y este capítulo equivale a más de cuatro mil libras al año. Además, siente una aversión horrible por el juego, lo cual no es corriente en las mujeres de hoy; y conozco a una de nuestro barrio que ha perdido al treinta y cuarenta veinte mil francos este año. Mas no contemos sino la cuarta parte. Cinco mil francos al juego, por año, y cuatro mil en vestidos y joyas, suman nueve mil libras; y poniendo mil escudos para la comida, ¿no tenéis ahora los doce mil francos contantes y sonantes, al año?
HARPAGÓN.— Sí; no está mal; mas esa cuenta no tiene nada de real.
FROSINA.— Perdonadme. ¿No es algo real aportaros en matrimonio una gran sobriedad, la herencia de un gran afán por la sencillez del atavío y la adquisición de un gran caudal de odio al juego?
HARPAGÓN.— Es una chanza querer formar su dote con todos los gastos que ella no hará. No voy a dar recibo de lo que no me han dado, y tengo que percibir algo.
FROSINA.— ¡Dios mío! Ya percibiréis bastante; y ellas me han hablado de cierto lugar donde tienen bienes, que pasarán a ser vuestros.
HARPAGÓN.— Habrá que verlo. Pero queda, Frosina, otra cosa que me inquieta. La moza es joven, como ves, y las jóvenes, generalmente, sólo aman a los de su edad y buscan únicamente su compañía; temo que un hombre de mi edad no sea de su gusto y que esto ocasione en mi casa ciertos pequeños desórdenes que no me convendrían.
FROSINA.— ¡Ah, qué mal la conocéis! Ésa es otra particularidad que pensaba deciros. Tiene una aversión espantosa por todos los jóvenes, y sólo siente amor por los viejos.
HARPAGÓN.— ¿Ella?
FROSINA.— Sí, ella. Quisiera que la hubierais oído hablar acerca de eso. No puede soportar en absoluto la vista de un joven, pero siente el mayor encanto, dice ella, cuando logra ver a un apuesto viejo con una barba majestuosa. Los más viejos son para ella los más seductores, y os aconsejo que no os hagáis con ella más joven de lo que sois. Quiere, cuando menos, que sea uno sexagenario; y no hace todavía cuatro meses, estando a punto de casarse, rompió el compromiso matrimonial porque descubrió que su amante sólo contaba cincuenta y seis años y no usó antiparras para firmar el contrato.
HARPAGÓN.— ¿Por eso tan sólo?
FROSINA.— Sí. Dijo que a ella no le satisfacían cincuenta y seis años solamente, y que le agradaban, sobre todo, las narices que sostenían anteojos.
HARPAGÓN.— En verdad, me dices una cosa muy nueva.
FROSINA.— Eso va más allá de lo que os pudiera decir. Tiene en su cuarto algunos cuadros y estampas; mas ¿qué creéis que son: Adonis, Céfalo, Paris y Apolo? No. Bellos retratos de Saturno, del rey Príamo, del anciano Néstor y del buen padre Anquises, a hombros de su hijo.
HARPAGÓN.— ¡Es admirable! No lo hubiera imaginado nunca; y me satisface mucho saber que es así su carácter. En efecto: de haber sido yo mujer, no me hubieran gustado los jóvenes.
FROSINA.— Lo creo. ¡Linda cosa para amarlos! ¡Son unos mocosos, unos presumidos, para sentir antojos por ellos! ¡Y me gustaría saber qué atractivo pueden ofrecer!
HARPAGÓN.— Yo, por mi parte, no los comprendo en absoluto, y no sé cómo hay mujeres que los aman tanto.
FROSINA.— Hay que estar loca de remate. Encontrar amable a la juventud, ¿es tener juicio? ¿Son hombres unos boquirrubios y puede sentirse apego por esos animales?
HARPAGÓN.— Es lo que digo yo todos los días: ¡con su voz feble, sus tres pelos de barba levantados como los de un gato, sus pelucas de estopa, sus calzas caídas y sus estómagos desarreglados!
FROSINA.— ¡Eh! ¡Bien formados resultan junto a una persona como vos! Vos sois un hombre de verdad, que recrea la vista, y hay que estar hecho y vestido así para engendrar amor. "



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