Yákov Pásinkov (fragmento)Ivan Turgenev

Yákov Pásinkov (fragmento)

"No hay modo de describir el pesar y la amargura que me embargaban. ¡En sólo veinticuatro horas dos golpes tan crueles! Me había enterado de que Sofia amaba a otro hombre y había perdido su estima para siempre. Me sentía tan insignificante y avergonzado que ni siquiera tenía fuerzas para indignarme. Tumbado en el sofá, con el rostro vuelto hacia la pared, me abandonaba con una suerte de delectación punzante a los primeros arrebatos de una tristeza desesperada, cuando de pronto oí pasos en la habitación. Levanté la cabeza y vi a uno de mis amigos más íntimos, Yákov Pásinkov.
Estaba dispuesto a enfadarme con cualquier persona que entrara en mi habitación ese día, pero jamás había podido enfadarme con Pásinkov; al contrario, a pesar de la pena que me devoraba, interiormente me alegré de su llegada y le hice un gesto con la cabeza. Como de costumbre, recorrió un par de veces la habitación, aclarándose la garganta y estirando sus largos miembros, se detuvo en silencio delan te de mí y a continuación se sentó en un rincón sin pronunciar palabra.
Conocía a Pásinkov desde hacía mucho tiempo, casi desde la infancia. Se había educado en el establecimiento privado del alemán Winterkeller en el que yo mismo había pasado tres años. El padre de Yákov, un capitán retirado sin fortuna, honrado a carta cabal, pero algo mal de la cabeza, lo había confiado a ese alemán cuando el niño sólo tenía siete años, había pagado un año por adelantado y había abandonado Moscú sin dejar rastro… De tanto en tanto corrían rumores extraños y confusos sobre su persona. Sólo al cabo de ocho años se supo con certidumbre que se había ahogado durante las crecidas, al atravesar el Irtish. Sólo Dios sabe qué le habría llevado hasta Siberia. Yákov no contaba con más parientes; su madre había muerto mucho antes. Así pues, quedó en manos de Winterkeller. Es verdad que Yákov tenía una tía, pero tan pobre que en un principio no se atrevió siquiera a visitar a su sobrino, por miedo a que se lo encasquetaran. Pero sus temores se revelaron infundados: el bondadoso alemán se hizo cargo de Yákov, le permitió estudiar con los demás internos, lo alimentó (aunque no le servían nunca postre los días de diario) y mandó que le confeccionaran algunas prendas con unos viejos capotes de camelote (casi todos de color tabaco) de su madre, una livonia que, a pesar de su avanzada edad, seguía dando muestras de una extraordinaria energía y vivacidad. Como consecuencia de todas esas circunstancias y, en general, de la posición de subordinación de Yákov en el pensionado, sus compañeros lo trataban con desdén, lo miraban de arriba abajo y lo llamaban tan pronto «capote de la abuela» como «sobrino de la cofia» (su tía llevaba siempre una cofia muy extraña, coronada por un manojo de cintas amarillas en forma de alcachofa), o «hijo de Yermak»[1] (ya que su padre se había ahogado en el Irtish). Pero, a pesar de todos esos motes, a pesar de su atuendo ridículo y de su extrema pobreza, todos le querían mucho; la verdad es que era imposible no sentir afecto por él: creo que no podría encontrarse en el mundo entero alma más noble y bondadosa. También era un buen estudiante.
Cuando lo vi por primera vez, tendría unos dieciséis años. Yo acababa de cumplir trece y era un muchacho muy engreído y mimado. Había crecido en el seno de una familia bastante rica; por eso, nada más ingresar en el pensionado, me apresuré a trabar amistad con un príncipe, objeto de los principales desvelos de Winterkeller, y con otros dos o tres retoños de la aristocracia; con los demás adoptaba una actitud altanera. A Pásinkov ni siquiera le prestaba atención. Ese muchacho larguirucho y desmañado, con su horrible chaqueta y sus pantalones cortos, bajo los que asomaban las gruesas medias de hilo, me recordaba a uno de esos niños vestidos de cosaco que sirven en algunas casas o al hijo de un artesano. Pásinkov era muy cortés y afable con todo el mundo, aunque jamás se mostraba obsequioso. Si le rechazaban, no se rebajaba ni se enfurruñaba, sino que se mantenía aparte, con aire apesadumbrado y como esperando otra oportunidad. Así se comportó también conmigo. Transcurrieron cerca de dos meses. Un claro día de verano, al atravesar el patio camino del jardín, después de un reñido partido de pelota, vi a Pásinkov sentado en un banco, debajo de un alto arbusto de lilas. Estaba leyendo un libro. Al pasar a su lado, eché un vistazo a la cubierta y leí en el lomo el nombre de Schiller: Schillers Werke. Me detuve. "



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