Los amigos de los amigos (fragmento)Henry James

Los amigos de los amigos (fragmento)

"Ciertamente ere todo muy militar, y a Coyle le hizo estremecerse un poco ante aquella profesión cuyas puertas ayudaba a franquear a unos jóvenes por lo demás inofensivos. La señorita Wingrave podía, además, agravar esa mala conciencia: tan fría y clara era la buena que miraba a Coyle desde sus ojos, hermosos y duros, y vibraba en su sonora voz.
Era persona de gran distinción, angulosa pero no desgarbada, de amplia frente y abundante cabello negro, colocado como el de quien, quizá excusablemente, se cree poseedora de una cabeza «aristocrática», y ya irregularmente veteado de blanco. Pero si para nuestro perturbado amigo representaba el genio de una raza militar no era porque tuviese andares de granadero ni vocabulario de cantinera; era tan sólo porque esas asociaciones estaban vívidamente implícitas en el hecho genérico al que su mera presencia y cada una de sus acciones y miradas y tonos aludían de forma constante y directa: la valentía suprema de su familia. Si era militar era porque venía de casta de militares y porque por nada del mundo habría sido otra cosa que lo que habían sido los Wingrave. Al hablar de sus antepasados caía casi en la vulgaridad, y el que se viera tentado a reñir con ella habría encontrado un buen pretexto en su defectuoso sentido de las proporciones. Esa tentación, sin embargo, no le decía nada a Spencer Coyle, para quien Jane Wingrave, como carácter fuerte manifestado en color y sonido, era casi un espectáculo, y que se alegraba de ver en ella una fuerza ejercida en su favor. Habría deseado que su sobrino tuviera algo más de la estrechez de miras de su tía, en lugar de aquella tendencia a contemplar las cosas en sus relaciones que era en él casi una maldición. Se preguntaba por qué, cada vez que la señorita Wingrave venía a la ciudad, escogía Baker Street para alojarse. Él nunca había conocido ni oído hablar de Baker Street como lugar residencial —no lo asociaba más que con bazares y fotógrafos.
Adivinaba en ella una indiferencia rígida hacia todo lo que no fuera la pasión de su vida. Eso era lo único que verdaderamente le importaba, y habría tomado habitaciones en Whitechapel si hubieran entrado en sus planes tácticos. Jane Wingrave había recibido a su visitante en un salón espacioso, frío y descolorido, amueblado con asientos resbaladizos y decorado con jarrones de alabastro y flores de cera. La única pequeña comodidad personal que parecía haberse procurado era un grueso catálogo de los Economatos del Ejército y la Armada, que reposaba sobre un vasto y desolado tapete de falso azul. Su clara frente —era como una pizarra de porcelana, un receptáculo para direcciones y cuentas— se había ruborizado cuando el preparador de su sobrino le comunicó la insólita noticia; pero Coyle vio que, afortunadamente, estaba más enojada que asustada. Tenía esencialmente, tendría siempre, demasiada poca imaginación para el miedo, y además la sana costumbre de plantar cara a todo le había enseñado que las ocasiones solían encontrar en ella un contrincante nada despreciable. Veía Coyle que su único temor en la hora presente podría haber sido el de no poder impedir que su sobrino apareciese en público como un asno, o como cosa peor, y que a esa clase de aprensiones la señorita Wingrave era de hecho inasequible. Tampoco, prácticamente, podía turbarla la sorpresa; Jane Wingrave no reconocía ninguno de los sentimientos fútiles, de los sentimientos sutiles. Si Owen había hecho el tonto, aunque sólo hubiera sido por una hora, eso la enojaba; le molestaba como le habría molestado enterarse de que su sobrino declaraba deudas o se había enamorado de una muchacha de baja condición. Pero en todo enojo quedaba el dato salvador de que nadie podría tomarla a ella por tonta. "



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