En el corazón del bosque (fragmento)Iris Murdoch

En el corazón del bosque (fragmento)

"Una vez fuera, dejo escapar el aliento en una enorme vaharada blanca. Estoy tiritando aun con la camiseta adherida a las costillas. Sigo la pared que recorre la parte de atrás del establo y resbalo hacia abajo en el suelo hasta quedarme en cuclillas. Ojalá llevase encima la bolsa de papel. La mujer del «publirre-portaje» de la noche los llamaba «ataques de ansiedad». Últimamente se están haciendo demasiado frecuentes. Mi padre no tiene la menor idea de lo que me pide. Ni mi padre ni los demás. Sólo Jenessa, que me quiere demasiado para contarlo... literalmente. Jenessa, que está dispuesta a renunciar a sus palabras para siempre con tal de tenerme a su lado... Un sacrificio que le permito que haga porque soy demasiado cobarde para pronunciar esas mismas palabras en voz alta. ¿Qué clase de monstruo soy, capaz de dejar que una niña de seis años cargue con mis pecados? Me odio a mí misma, odio lo que he hecho. Le he dado una y mil vueltas, y sigo sin encontrar la manera de salvarnos a las dos.
Me seco las lágrimas con ademán furioso, y la lana me araña las mejillas. Lloro con demasiada facilidad desde que estoy aquí, y eso también lo odio. Siempre y cuando Ness esté segura y a salvo, el resto no importa. Pienso en mamá, y las lágrimas van cediendo paso al entumecimiento. Sólo estaba siendo ella misma, dejándonos allí en el bosque. Por mucho que nos repatee oír la verdad, eso no hace que sea menos verdad. El cerebro de mamá no funciona bien. Ella lo llamaba «episodios maníacos». Le diagnosticaron un trastorno bipolar cuando tenía mi edad. Nadie le pidió a ella tampoco su opinión.
«¿Me oyes, san José? ¡No sé qué hacer! Por lo visto, haga lo que haga, una niña pequeña sufrirá de todos modos. Dímelo tú, ¿qué es peor? ¿Que pierda sus palabras o que me pierda a mí?
»¿Y si les doy lo que quieren y se lo cuento y ellos ya no me quieren más aquí?»
Me subo la pierna del pantalón y veo mi piel blanca de luna en la oscuridad. Me acaricio con la manopla la cicatriz, lisa y gris, como una huella en la pantorrilla, donde la rozadura me arrancó la piel. Fue con el borde metálico de la mesa plegable, aunque no me di cuenta hasta después.
—¡Charles! ¿Carey? ¡Hace un frío de muerte ahí fuera! Jenessa quiere que Carey le dé su baño de espuma. ¿Vais a entrar ya?
Mi reacción es de sorpresa cuando oigo a mi padre mentir por mí.
—Carey ha ido a dar un paseo; le he dicho que no se vaya muy lejos. Dile a Nessa que Carey tendrá que pensar en algo para compensarla.
—Bueno, pues no tardes mucho tú tampoco. He hervido el agua para el té.
—Estoy acabando. Iré enseguida.
Sus voces se oyen con la misma claridad que el graznido del cuervo en el aire helado. Minutos después, oigo el crujido de los pasos de mi padre sobre la nieve y el ruido de las botas resonando en las escaleras del porche antes de que la puerta se cierre a su espalda. Sólo es cuestión de tiempo; ahora lo sé con seguridad. Y luego ya no podré seguir viviendo aquí, ya sea porque la ley no me lo permita o porque no seré una buena influencia para Jenessa y su nueva familia. Me parece que Charlotte Bronte lo resumió de la mejor manera posible.
No me importa lo que pueda ocurrirme. De verdad que no. Puede que ahora sea una cobarde, pero no lo fui en el momento decisivo. Si ha de haber consecuencias, que así sea. Por eso no soy como mamá. Por eso sobrevivimos, Jenessa y yo, y siempre sobreviviremos. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com