El telón (fragmento)Milan Kundera

El telón (fragmento)

"Las tres novelas de Franz Kafka son tres variantes de la misma situación: el hombre entra en conflicto no con otro hombre, sino con un mundo transformado en una inmensa administración. En la primera novela (escrita en 1912), el hombre se llama Karl Rossmann y el mundo es América. En la segunda (1917), el hombre se llama Joseph K. y el mundo es un enorme tribunal que le acusa. En la tercera (1922), el hombre se llama K. y el mundo es una aldea dominada por un castillo.
Si Kafka se desvía de la psicología para concentrarse en el examen de una situación, ello no quiere decir que sus personajes no sean psicológicamente convincentes, sino que la problemática psicológica ha pasado a un segundo plano: que K. haya tenido una infancia feliz o triste, que haya sido mimado por su madre o educado en un orfanato, que a sus espaldas tuviera un gran amor o no, nada cambiaría ni en su destino ni en su comportamiento. Mediante esta inversión de la problemática, mediante esa otra manera de interrogar la vida humana, mediante esa otra manera de concebir la identidad de un individuo Kafka se distingue no sólo de la literatura anterior, sino también de sus grandes contemporáneos, Proust y Joyce.
«La novela gnoseológica en lugar de la novela psicológica», escribe Broch en una carta donde explica la poética de Los sonámbulos (escrita entre 1929 y 1932); las novelas de esa trilogía —1888. Pasenow o el romanticismo; 1903. Esch o la anarquía y 1918. Huguenau o el realismo (las fechas forman parte de los títulos)— transcurren, en otro ambiente y con otro protagonista, quince años después de la precedente. Esto hace que esas tres novelas (¡jamás las publican por separado!) sean una única obra, una misma situación, la situación sobre-individual del proceso histórico al que Broch llama la «degradación de valores», frente al que cada uno de los protagonistas encuentra su propia actitud: primero, Pasenow, fiel a los valores que, según él, están a punto de desaparecer; más tarde, Esch, obsesionado por la necesidad de valores pero sin saber cómo reconocerlos; y, por fin, Huguenau, que se acomoda perfectamente a un mundo ya falto de valores.
Me siento algo incómodo al situar a Jaroslav Hasek entre estos novelistas a los que, en mi «historia personal de la novela», considero los fundadores de la modernidad novelesca; porque a Hasek le importó un comino ser moderno o no; era un escritor popular en una acepción que ya no se lleva, un escritor-vagabundo, un escritor-aventurero, que despreciaba el ambiente literario y era despreciado por él, autor de una sola novela que enseguida encontró un amplio público por todas partes. Dicho esto, me parece aún más notable que su obra Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (escrita entre 1920 y 1923) refleje la misma tendencia estética que las novelas de Kafka (los dos escritores vivieron durante años en la misma ciudad) o de Broch.
«¡A Belgrado!», grita Schwejk, quien, al ser convocado por la oficina de reclutamiento, se hace empujar, ante la mirada divertida de los praguenses, en un sillón de ruedas por las calles de Praga enarbolando dos muletas prestadas. Es el día en que el Imperio austrohúngaro ha declarado la guerra a Serbia, con lo que ha desatado la Gran Guerra de 1914 (la que representará para Broch el desmoronamiento de todos los valores y el tiempo final de su trilogía). Para poder vivir sin peligro en ese mundo, Schwejk exagera hasta tal punto su adhesión al Ejército, a la Patria, al Emperador, que nadie puede ya decir a ciencia cierta si es un cretino o un payaso. Hasek tampoco nos lo dice; nunca sabremos lo que Schwejk piensa cuando suelta su retahíla de idioteces conformistas, y precisamente porque no lo sabernos es por lo que nos intriga. En los carteles publicitarios de las cervecerías praguenses, se le ve siempre pequeño y rechoncho, pero es el célebre ilustrador del libro el que se lo imaginaba así, porque Hasek nunca dijo una sola palabra sobre el aspecto físico de Schwejk. No sabernos de qué familia proviene. No se le conoce mujer alguna. ¿Prescinde de ellas? ¿Las guarda en secreto? Ni una respuesta. Pero lo que es aún más interesante: ¡tampoco ninguna pregunta! Quiero decir: ¡nos da completamente igual que Schwejk ame o no las mujeres!
He aquí un giro estético tan discreto como radical: para que un personaje sea «vivo», «fuerte», artísticamente «logrado», no es necesario dar de él toda la información posible; es inútil hacer creer que es tan real como usted y yo; para que sea fuerte e inolvidable, basta que llene todo el espacio de la situación que el novelista ha creado para él. (En este nuevo clima estético, el novelista se complace incluso en recordar de vez en cuando que nada de lo que cuenta es real, que todo es de su invención, como Fellini, quien, al final de Y la nave va, nos muestra todos los bastidores y todos los mecanismos de su teatro de ilusiones.) "



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