La mujer gris (fragmento)Elizabeth Gaskell

La mujer gris (fragmento)

"Yo no tenía orgullo que me impidiera relacionarme con los sirvientes; habría sido natural buscar en ellos una palabra de comprensión en aquellos días monótonos en que me quedaba completamente sola si hubiesen sido como nuestros afables sirvientes alemanes. Pero no me gustaban; no sabía por qué. Algunos eran corteses, pero con una familiaridad en su cortesía que me repugnaba; otros eran groseros y me trataban más como a una intrusa que como a la esposa elegida por su señor. Y de los dos grupos, prefería el segundo.
El sirviente principal pertenecía al segundo grupo. Me daba mucho miedo. Siempre me trataba con aire receloso y desabrido; y, sin embargo, monsieur de la Tourelle le consideraba valiosísimo y fiel. A veces me daba la impresión de que Lefebvre dominaba a su amo en algunos aspectos; y no lo entendía. Pues, si bien monsieur de la Tourelle me trataba como si fuese un ídolo o un juguete precioso al que había que cuidar, proteger, mimar y consentir, no tardé en descubrir lo poco que yo y, al parecer, cualquiera, podía doblegar la tremenda voluntad del hombre que a primera vista me había parecido demasiado débil y lánguido para imponer su voluntad en el asunto más trivial. Había aprendido a descifrar mejor su expresión; y a ver que algún profundo e intenso sentimiento, cuya causa no entendía, imprimía a veces un leve destello en sus ojos grises, le hacía contraer los finos labios, y su rostro delicado palidecía. Pero todo había sido siempre tan claro y sin tapujos en mi hogar que no sabía desvelar los misterios de quienes vivían bajo mi mismo techo. Comprendía que había hecho lo que madame Rupprecht y su círculo llamarían un matrimonio estupendo, porque vivía en un castillo con muchos sirvientes, aparentemente obligados a obedecerme como señora.
Comprendía que monsieur de la Tourelle me quería bastante, a su modo (estaba orgulloso de mi belleza, en mi opinión, pues me hablaba de ella con bastante frecuencia), pero también era celoso y desconfiado, y no se dejaba influir por mis deseos a menos que coincidieran con los suyos. Yo creía entonces que podría amarle también si me dejara; pero era tímida desde pequeña, y, al poco tiempo, el miedo a su enojo (que surgía de repente en medio de su amor por motivos tan leves como vacilar en responder, una palabra equivocada o un suspiro por mi padre), venció mi inclinación a amar a un hombre tan apuesto, tan dotado, tan indulgente y devoto. Y, si no podía complacerle cuando en realidad le amaba, puedes imaginar cuántas veces me equivocaba cuando me asustaba tanto que evitaba discretamente su compañía por miedo a sus arrebatos coléricos. Recuerdo que, cuanto más se disgustaba conmigo monsieur de la Tourelle, más parecía reírse entre dientes Lefebvre; y que, cuando volvía a concederme sus favores, a veces en un impulso tan súbito como el que había ocasionado mi desgracia, Lefebvre solía mirarme con recelo, con ojos fríos y malévolos y una o dos veces en tales ocasiones se dirigió sin el menor respeto a monsieur de la Tourelle. Casi olvidaba decirte que en los primeros días de mi vida en Les Rochers, monsieur de la Tourelle, con desdeñosa piedad por mi flaqueza, pues no me gustaba la lóbrega grandiosidad del salón, escribió a la sombrerera de París que había enviado mi corbeille de mariage 3 rogándole que me buscara una doncella madura con experiencia y lo bastante refinada para servirme ocasionalmente de compañía. "



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