Hindenburg (fragmento)Emil Ludwig

Hindenburg (fragmento)

"Pero, ¿qué sucedería si Hindenburg mismo fuese quizá separado completamente de los asuntos políticos? "Ludendorff —así manifestó en la investigación el general Wetzel— no era el hombre que podía hacerlo todo tal como quería. Entre él y los jefes supremos de la guerra se erguía siempre la poderosa figura del Mariscal, en todo, ya fuera en cuestiones militares o políticas." Y Brecht escribe, también para el mismo Comité: "El Emperador, como persona, estaba completamente arrinconado, y, como jefe superior del Ejército alemán, aparecía Hindenburg. Él fue también quien no solamente mantuvo armónicamente unida toda la fuerza del Ejército alemán, gracias a su personalidad fuera del país, sino el que, a última hora, halló la definitiva solución." Veamos lo que, a su vez, dice el general von Kuhl: "Por muy alta que quisiera estimarse la responsabilidad del colaborador Ludendorff, en primera línea aparece Hindenburg como verdadero responsable."
Nunca eludió su responsabilidad, y si se adornaba con las victorias hijas del ingenio de Ludendorff, soportaba después los reproches contra la política de éste. En una de sus cartas de respetuosa amenaza al Emperador, exigía Hindenburg "todo lo que afecta a la vida de la patria alemana". Con esto, llegó su poder a un grado tal, que Bismarck sentiría envidia del informe sobre el particular si pudiera leerlo en el Purgatorio, donde seguramente se encuentra. Y, por lo mismo, se escapó de manos de ambos generales toda posibilidad de achacar la derrota a una mala política, como hacen siempre con gusto los caudillos vencidos. Si Hindenburg era como individualmente se le señalaba, el hombre que decidía en toda cuestión política y se firmó los dos acuerdos principales, en enero del 17 y octubre del 18, debía aceptar las espinas junto con los laureles.
Por eso, como hombre recto, escribió a principios del 18, con motivo de un conflicto con el Emperador, que ninguno de ambos era constitucional, "pero, ante el pueblo alemán, ante la Historia y ante nuestra propia conciencia, nos cabe por igual la responsabilidad acerca de la estructuración de la paz… La decisión de Su Majestad no puede hacer que los generales pierdan su conciencia". Y, siendo ya muy viejo, hablando con un íntimo, dijo: "He perdido la guerra más grande de la Historia. ¿Cómo me juzgarán las generaciones futuras?"
Tres fuerzas había en tierras de Alemania creadas para oponerse a la dictadura de los generales. El Emperador adquirió, en agosto de 1914, una fuerza mucho mayor que la de cualquier otro soberano que estuviera en guerra. Como su afectada frase: "Hemos sido ignominiosamente sorprendidos", fue creída por todo el mundo, incluso por él mismo, y como, durante largo tiempo, enmudecieron todos los partidos, fue el Emperador más poderoso que ningún otro rey de Prusia desde cien años atrás. En aquellos momentos era realmente, por la Constitución y por el espíritu del pueblo, el supremo señor de la guerra.
La segunda fuerza del Imperio, el Canciller, que durante los cinco años que, en tiempo de paz, estuvo a la cabeza del Imperio alemán, no asombró a nadie, se hizo célebre en el mundo, el primer día de guerra, sólo con dos frases. Cuando el embajador británico, al despedirse, aludió a la violación, por parte de Alemania, del convenio con Bélgica, no le preguntó Bethmann si Inglaterra no había violado aún ningún contrato, verdades como acostumbran salir de labios de estadistas legítimos al estallar una guerra. Por el contrario, cayó en la trampa del inglés diciendo que el tal convenio era un papelucho. Esta frase, pronunciada en el curso de un tranquilo diálogo de gabinete y lanzada al mundo por el enemigo, habría sido suficiente, en otros países, para matar a tal ministro. El mismo día dijo Bethmann en el Parlamento: "La necesidad no conoce Ley." La verdad de ambas manifestaciones que, en el transcurso de la guerra, confirmó frecuentemente con repetidas violaciones del derecho de gentes, no disculpaba su insensatez.
El tercer factor, el Parlamento, que, de acuerdo con la Constitución, no fue disuelto ni aun en la guerra, dejó, por sí mismo, libre el campo. Hasta los socialistas, que durante 30 años habían venido desconfiando de todos los Gobiernos, creyeron las palabras que se les expusieron en el Libro Blanco, según el cual, Alemania había sido ignominiosamente sorprendida por un zar que faltaba a su palabra, y los mismos hombres que tres días antes se habían juramentado en Bruselas con sus hermanos franceses contra la inminente guerra, concedieron los créditos para una guerra cuyo origen debían haber mirado, ellos por lo menos, con escepticismo. El único que quiso oponerse fue Liebknecht, pero, al fin, se adhirió al partido y calló. "



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