Una investigación filosófica (fragmento)Philip Kerr

Una investigación filosófica (fragmento)

"Saludos, señora policía —dijo la voz—. Vi su espectáculo televisivo la otra noche. Gracias por preocuparse por mi equilibrio mental y por mis expectativas ante el juicio. No padezca. Ya me he encargado de preparar mi defensa, por si se da la improbable si bien lógicamente posible circunstancia de que sea arrestado.
Estoy seguro de que podré acogerme al Código Me-Naghten y declararme con éxito no culpable por demencia. Tenga en cuenta que atribuiré al programa Lombroso la responsabilidad de haber desequilibrado definitivamente mi ya precaria estabilidad mental. Además, lo más probable es que lo aproveche para interponer una demanda civil por daños y perjuicios, por los cuidados que deberían habérseme proporcionado y por la razonable posibilidad de que el escáner que se me practicó me haya producido algún tipo de crisis nerviosa. Cuando todo el asunto se acabe y el vínculo entre el programa Lombroso y los asesinatos sea ya del dominio público, yo diría que es muy probable que muchas de las familias de las víctimas se unan para poner un pleito al Instituto de Investigaciones Cerebrales, Pero ésa es otra historia».
El tono de voz era tranquilo y frío, sin rastro de ningún acento. Tal como Tony Chen la había descrito, «como de un locutor de la BBC», sólo que resultaba casi excesivamente mecánica. Carecía de modulación, de matices expresivos, de una pauta rítmica, de una pronunciación concreta que pudiese indicar un origen geográfico. Era una pronunciación normativa, tal como se la define a veces. Al reescuchar la grabación, a Jake le produjo escalofríos.
«La idea que lanzó usted sobre que mis hermanos eran inocentes, tal como podrá suponer, me ha indignado. La verdad es que estoy llevando a cabo un meritorio servicio público de interés general. Verá, se trata de individuos potencialmente peligrosos a los que no se puede dejar a su libre albedrío. Lo lógico sería que, tras ser identificados, como mínimo, se los encerrase, Pero desde la instauración, entre otras medidas destinadas al mantenimiento de la ley, de la política oficial de “tirar a matar” y la puesta en práctica del coma punitivo como piedra angular de la nueva política penal, la encarcelación de criminales violentos se ha convertido en una fórmula mucho menos apreciada por una administración pública obsesionada por los problemas de presupuesto. Por tanto, siguiendo el ejemplo gubernamental, he decidido matarlos yo mismo, según criterios de dignidad humana y eficiencia, y con los mínimos inconvenientes para la sociedad».
Wittgenstein se permitió una risita sofocada.
«¿Sabe?, señora policía, en lugar de intentar atraparme, debería estarme agradecida. Piense simplemente en cuántos de mis hermanos podrían haber acabado convirtiéndose en los psicópatas asesinos de mujeres del mañana. Ésa es su especialidad, ¿no? Asesinatos en serie de mujeres. Al menos eso es lo que pone en los periódicos, y siempre nos creemos lo que leemos en ellos, ¿no? Como eso del pobre señor Mayhew luchando heroicamente entre la vida y la muerte en el hospital. —Se escuchó de nuevo su risa—. En cualquier caso, pregúntese simplemente cuántas vidas se pueden haber salvado gracias al sacrificio de unas pocas. ¿No se trata de una mera cuestión de pragmatismo? "



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