Cuatro amigos (fragmento)David Trueba

Cuatro amigos (fragmento)

"No se discutió más del asunto aquella tarde. Dormitamos en un prado rodeado de árboles entre dos pueblos. Blas encontró un inodoro arrancado y lo arrastró detrás de unos matorrales, donde cagó, según sus propias palabras, «como en un hotel». Corría un arroyo con apenas agua, la suficiente para que pasáramos las horas sentados con los pies en remojo. Alrededor, el paisaje quemado por el sol, los restos de alguna hoguera, la basura acumulada por los vecinos que usaban el terreno como escombrera y en los chopos las inscripciones de enamorados talladas en la corteza. Recorrí los más cercanos repitiendo en voz alta las frases cursis, las fechas. La más antigua se remontaba a una pareja de novios del año 76. Quien más me hizo pensar fue el amante despechado que había regresado en busca de su corazón atravesado por una flecha y lo había tachado a cuchilladas para añadir: «De sabios es rectificar: te odio, Marisa.»
Raúl no se había despegado del teléfono en toda la tarde. El móvil le recordaba que no era libre, como la propia Elena le solía decir alguna vez en nuestra presencia: «Raúl, siento recordarte que ya no vives solo.» Nosotros siempre habíamos valorado la libertad, sin saber demasiado bien en qué consistía. Mis amigos, cuando rompí con Bárbara, me recibieron con festejos de todo tipo, me aseguraban que había recuperado la independencia, como si hubiera estado preso en mis diecinueve meses y veintitrés días de convivencia. Quizá para los amigos, las parejas de los demás son una amenaza. Claudio está convencido de que las mujeres vienen a inmiscuirse en la amistad. «Cuando una mujer se va, abres la puerta y ya tienes a otra trepando por las escaleras», decía. El amor es el enemigo. Tener pareja significaba renunciar a ellos, o como Claudio, pájaro libre, dijo un día: «Tú eliges lo que quieres ser, ¿águila o canario?»
Claudio había vuelto a dormirse sobre la hierba seca y el cigarrillo se le consumía en los labios, a punto de abrasarle con la ceniza. Se lo quité y lo apagué contra una piedra. Él no abrió los ojos pero murmuró: «Gracias, mamá.» Me levanté y recorrí la distancia hasta la furgoneta. Encendí la radio y busqué alguna emisora con música potable, labor a la que renuncié hastiado.
Cenamos en un restaurante con parrilla en el centro de la ciudad, sentados en la terraza donde devorábamos costillas. Bebimos jarras de sangría hasta que nos costó reconocernos entre nosotros. Claudio tuvo la idea, se dirigió a la furgoneta, la puso en marcha y abrió la puerta trasera. Se detuvo frente a la terraza con el motor encendido el instante justo para que saltáramos al interior y escapáramos sin pagar la cuenta. Gritábamos dentro, excitados, con Claudio acelerando para alejarse cuanto antes del lugar del crimen. "



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