Saber perder (fragmento)David Trueba

Saber perder (fragmento)

"La conversación languideció en la helada salita. Leandro caminó confuso por el pasillo de vuelta al cuarto. Su torpeza para las tareas domésticas lo desesperaba. Hasta ese momento, Aurora sostenía la casa. Para Leandro la lavadora era como una nevera que limpiaba la ropa. El se ocupa de las facturas, de los desgloses del banco, de pagar los recibos, de comprar el vino, asiste a las miserables reuniones de vecinos, pero no conoce el orden interno de la casa. Sabe que los domingos vienen su hijo Lorenzo y Sylvia a comer y casi siempre hay sopa de arroz y merluza rebozada. O que los jueves en que Manolo Almendros se presenta al mediodía Aurora siempre le invita a quedarse y le ofrece sus chocolates favoritos de postre, pero desconoce cómo se logra esa precisión. Le angustió pensar en su mujer impedida en una casa que no estaba preparada para alguien así.
En tres días estamos en casa, anunció Leandro a Aurora, que leía en la cama. Luego se sentó cerca y abrió el periódico. Los dos en silencio, leían casi en paralelo. Puede que se hicieran preguntas similares, pero no se dijeron nada. Fotos recuadradas de terroristas fundamentalistas islámicos. La muerte de Yaser Arafat. Las cercanas elecciones en Norteamérica.
Osembe ha bajado a buscarlo. Leandro la ve llegar a través del cristal. Aunque sonríe y se besan en las mejillas ella transmite el mismo aire ausente del encuentro anterior. Le lleva escaleras arriba hasta otra habitación diferente, algo más amplia. La ventana da al jardín trasero y la persiana no está bajada del todo. Entra la luz de la tarde. Otra habitación, dice él. Es mejor, dice ella. El baño es más amplio, de azulejos amarillo pálido. Encima del lavabo hay un mueble con espejo de tres óvalos. Leandro observa que es casi idéntico al de su casa, lo cual le perturba. Ella se enjabona la entrepierna y Leandro siente una punzada de asco al intuir que hace un minuto estaba debajo de otro cliente. El se repasa el pelo con los dedos y se mira las manchas de la piel en la frente y las mejillas. La cara de un viejo. Hay jacuzzi, ¿te apetece?, pregunta Osembe. Después quizá, responde Leandro.
Cuando se sienta para desvestirse mira el jardín trasero. Ve la piscina a medio llenar y un balancín blanco con los ejes oxidados. Desnúdate, le pide Leandro a Osembe. Ella se coloca delante de él y se quita las prendas sin darle ninguna intención al acto mecánico. Tarda en desprenderse de la ropa interior, como si quisiera mostrarse pudorosa. Se mira y tensa los músculos de los muslos y de los glúteos. Por un momento parece olvidarse de que Leandro está ante ella. Mastica chicle. Leandro se levanta para besarla y le llega el fuerte aliento a fresa. Ella no le retira la boca, pero le besa sin pasión, mientras esconde el chicle entre los dientes.
Leandro la abraza y termina de desnudarla, ella se ríe, sin excitación, distante. Yo lo hago, túmbate. Leandro obedece y va hasta la cama. Ella domina la situación. Leandro trata de rebelarse porque no encuentra placer en la sucesión de caricias. ¿Quieres follar?, pregunta ella. Leandro se siente ridículo. Pretende darle al encuentro un valor íntimo, pero se da cuenta de que ella no tolera salirse de la rutina. Prefiere que todo sea previsible, plano, profesional. Leandro intuye que puede existir un placer más lejano, escondido, pero el acceso a ese lugar más íntimo parece vetado para él. Ella mastica chicle con su pensamiento lejos de allí. Es evidente que Leandro no logra excitarse con el manoseo de ella sobre su sexo, más parecido a una labor de manipulación industrial que erótica. Vamos, abuelo, dice ella. Como si así le animara. A Leandro le invade el mal humor. Deja, deja, dice, y se sienta sobre la cama.
Tiene ganas de irse. ¿Qué hago aquí?, se pregunta. Los ojos de ella miran vacíos, como si nada le importara demasiado.
La situación es entonces incómoda para ambos. Yo chupo, dice ella. No, dice Leandro. Se sienta tras ella y la abraza apretando la espalda contra sí. Le acaricia los brazos y el vientre. Ella pretende moverse, cambiar la posición y recuperar el ritual, pero Leandro lo impide. Ella sólo quiere que el cliente se corra. Es su única forma de entender la labor. "



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