Alí el justo (fragmento)Judith Gautier

Alí el justo (fragmento)

"Los miembros del Diwán encuentran exagerada la probidad del Califa y se retiran, uno por uno, para poder, fuera del palacio, murmurar y reír.
La luna muestra al fin su rostro pálido y una niebla azulada comienza a llenar el patio interior y a envolver las columnas y las ojivas de la real mansión. Alí abre una de las ventanas. La noche está templada; el soplo de la primavera comienza a entibiar la temperatura. El agua brota silenciosa del surtidor para caer luego en lluvia sonora sobre el mármol de la fuente que parece, a la luz de la luna plateada, un enorme círculo de nieve.
El Califa mira sin poner atención en lo que ve. Al fin cree oír una lluvia de lágrimas y entonces se dice a sí mismo: "¿Por qué llorar? ¿Qué importa la muerte?" Él está seguro de que este es el último día de su existencia... Sí, él está seguro de ello, pero también lo está de que la muerte de un hombre justo no es sino el principio del eterno descanso y de la dicha eterna. ¿A qué obedecen, pues, ese temblor nervioso y esa angustia secreta?
Al fin cierra los ojos, tratando de leer claramente la última página del libro misterioso de su destino, haciendo esfuerzos por adivinar cómo debe morir... La mirada de su imaginación cree verlo todo claramente: él acaba de entrar en la mezquita para hacer sus oraciones matinales; de pronto siéntese rodeado de sables desnudos cuyas hojas parecen ya teñidas de sangre al reflejo luminoso de las vidrieras encarnadas; el filo de un puñal le desgarra el corazón... luego reconoce aquel hermoso puñal que el mismo había regalado, pocos días antes, al que hoy es su asesino después de haber sido su amigo.
Sus labios pálidos no dicen sino:
-Nosotros pertenecemos a Dios y la muerte es la vuelta al paraíso.
Pero un escalofrío terrible sacude su cuerpo y le hace abrir los ojos. El patio lleno de claridad azulada lo deslumbra.
Entonces se presenta un esclavo:
-Señor, aquí hay una mujer que pide justicia. Hace muchas horas que os aguarda y nadie puede hacerla partir.
El Califa responde:
-Es preciso no hacer nunca esperar a los que piden justicia. Dejadla entrar.
Y la mujer entra y se arrodilla diciendo:
-Comendador de los creyentes, heme aquí... ¿Me reconocéis?
-Siete años han transcurrido ya desde que te vi por última vez -dijo Alí- y sin embargo te reconozco ¡oh pecadora cuyo arrepentimiento me desconcierta! ¿Vienes para expiar tu crimen?
-Sí, Comendador; vengo, como la primera vez, a buscar el castigo que mis culpas merecen... Sólo que hoy mi sacrificio es más grande que en otro tiempo ¿Qué podía yo ofrecer a Dios, hace siete años, sino un cuerpo lleno de pecados y un alma llena de desesperación?... Hoy todo ha cambiado y a pesar de lo que el arrepentimiento me hace sufrir yo era dichosa porque mi hijo, que es hermoso como un lirio, secaba mis lágrimas con su sonrisa y vendaba mis heridas con sus caricias y borraba las manchas de mi pecado con sus besos; y yo oía más su voz adorada que la voz de mi arrepentimiento...
-¡Sin embargo has vuelto!
-Sí, pero en realidad yo ya no existo. Mi verdadero tormento consiste en haberme separado de él, y el suplicio que te pido de rodillas no servirá sino para curar mis dolores con el olvido clemente de la muerte. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com