Fuerza maligna (fragmento)Dick Francis

Fuerza maligna (fragmento)

"Movió la cabeza con decisión.
-Tal vez estaba anotado en los registros que perdimos, aunque en realidad no lo creo. No recuerdo haberme molestado en guardar algo así.
-¡Oh, vaya! Gracias de todas maneras -repliqué.
Sonrió sin burla y volvió a su trabajo.
Langostas, pensé. Conejos. Langostas y camarones, langostas y crustáceos, langostas y cangrejos.
Los únicos conejos que me venían a la mente eran los que pertenecían a los niños de Michael Watermead, pero aun si uno de ellos hubiera logrado escapar y esconderse en el foso de inspección, era muy difícil que hubiera estado lleno de gusanos, a menos que tuviera varios días de muerto cuando el Trotador lo encontró. El hecho no parecía tener importancia; sin embargo, el Trotador había pensado que era lo suficientemente significativo como para decírmelo después de siete meses.
Miré mi reloj. Ya eran casi las nueve de la mañana. La cita que entre sueños había concertado con Marigold emergió a la superficie. Le avisé a Isobel a dónde iba y conduje hasta la caballeriza de la señora English.
Ella estaba afuera, con su sombrero de lana puesto, y se acercó presurosa cuando arribé. Llevaba en las manos un tazón de nueces para los caballos.
-No te bajes -ordenó-. Llévame a ver a Peterman.
Seguí sus instrucciones, que implicaron pasar traqueteando por un sendero cubierto de pasto hasta un corral distante ubicado detrás de su casa. El corral bajaba en pendiente hasta un arroyo y estaba bordeado por sauces altos.
Peterman, sin embargo, se encontraba muy cerca de la reja y se le veía un aspecto completamente miserable. Olfateó las nueces que Marigold le ofreció y después alejó la cabeza, como si se sintiera ofendido.
-¿Lo ves? -preguntó ella-. No quiere comer.
Miré confundido a Peterman.
-¿Qué le sucede?
-Garrapatas -respondió-. Creo que eso es lo que tiene. Le llamé por teléfono a John Tigwood hace menos de media hora y le pedí que hiciera algo al respecto, me contestó que eran disparates, que no era posible y que, de todos modos, el veterinario había determinado que los caballos estaban bien -se detuvo al quedarse sin aliento-. ¿Qué opinas?
-Mmm... ¿Dónde tenía las garrapatas?
-En el cuello. Son del mismo tono de marrón que su maltratado pelaje. Nunca las habría podido ver si no hubiera sido porque una de ellas se movió.
-¿Cuántas había?
-Siete u ocho. No pude distinguirlas claramente.
-Pero Marigold...
-No seas tan lento -ordenó tajante-. Las garrapatas transmiten enfermedades, ¿no es cierto? No puedo arriesgarme a que las garrapatas de Peterman salten a mis potros de dos años de edad, ¿verdad que no?
-No -repuse despacio-. No puedes.
-Así que sin importar lo que diga John Tigwood, no voy a conservar a este viejo caballo aquí. Lo siento mucho, Freddie, pero tienes que encontrarle un nuevo hogar.
-Sí -respondí-. Voy a llevármelo a mi casa. Tengo jardín y puede quedarse allí de manera temporal. Regresaré por mi auto. ¿Estás conforme?
Ella asintió dando su aprobación.
-Lamento haberte dado toda esta molestia, Freddie. Sólo espero que comprendas.
Pensé en sus caballerizas repletas de estrellas y le aseguré que entendía bien. Conduje de regreso por el sendero cubierto de césped hasta su establo, en donde me prestó una rienda para guiar a Peterman, y luego me llevó a ver a su caballo de tres años de edad que participaría en el Derby contra el sensacional Irkab Alhawa perteneciente a Michael Watermead.
Sentí deseos de matar a John Tigwood y a su Centaur Care por colocarme en una situación tan incómoda. Suspiré ante mi estupidez, regresé al potrero, coloqué la rienda para llevarme al caballo y guié a mi antiguo amigo por el camino hasta el pequeño pedazo de tierra con pasto silvestre que había en el jardín amurallado detrás de mi casa. "



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