La sangre de la orquídea (fragmento)James Hadley Chase

La sangre de la orquídea (fragmento)

"La enfermera se quedó mirándolo y con un suspiro buscó la llave que tenía colgada de la cintura. La mujer del segundo piso comenzó a gritar otra vez. Al parecer tenía un nuevo motivo de inspiración, pues sus gritos resonaban por encima del ruido de la lluvia que azotaba las paredes revocadas del sanatorio. El viento cesaba antes de iniciar un nuevo lamento al meterse por las chimeneas. En algún lugar de los fondos del edificio se cerró una puerta con estrépito.
Después de abrir la puerta la enfermera entró en un cuarto sencillamente amueblado. Había una mesa de acero junto a la ventana y un sillón vuelto hacia la puerta. Los dos muebles estaban atornillados al piso. En el cielo raso había una lamparilla eléctrica protegida por una red metálica. Junto a la pared, lejos de la puerta, había una cama y dentro de ella se dibujaba la silueta de una mujer al parecer dormida.
Con aire distraído por estar pensando en Joe, la enfermera depositó la bandeja sobre la mesa.
—A despertarse —dijo con tono perentorio. —No es hora de dormir. Vamos. Le traje la comida.
No hubo ningún movimiento por parte del bulto en la cama y la enfermera frunció el entrecejo. Sin motivo, sentía una súbita alarma.
—¡Despierte! —ordenó, dando una palmada al bulto.
Al hundir los dedos en la blanda consistencia de las almohadas supo que lo que tocaba no era una forma humana. Con una sensación física de temor tiró de la frazada. Pero sus ojos apenas tuvieron tiempo de percibir la otra manta arrollada y la almohada que reemplazaban a su paciente, cuando unos dedos de acero la aferraron por los tobillos y le hicieron perder el equilibrio.
Cuando sintió que caía, el terror ahogó su grito de sorpresa. Durante un período que se le antojó de siglos luchó por mantener el equilibrio y luego cayó de espaldas, golpeando el suelo alfombrado con la cabeza y los hombros y con una violencia que le provocó náuseas y un desvanecimiento. Permaneció tendida unos momentos, demasiado atontada como para moverse, hasta que la sensación de estar a solas con una demente peligrosa le hizo tratar de incorporarse con rapidez. Tuvo una imagen borrosa de una figura de pie junto a ella y lanzó un débil gemido de terror. Sus músculos se negaban a obedecerle. En ese momento la bandeja con todo su contenido de vajilla y de comida cayó sobre su cara vuelta hacia arriba.
La mujer del segundo piso reía otra vez. Era una risa tan melancólica y tan tonta como la de una hiena.
Joe levantó los hombros como para protegerse contra un posible golpe por la espalda y recorrió de prisa el corredor oscuro. Luego bajó las escaleras que llevaban al sótano del edificio. Sintió alivio al llegar a su dormitorio, compartido con Sam Garland, chofer del doctor Traverso Garland tenía aún puestos la camisa y los pantalones, pero estaba tendido de espaldas en su angosta cama. Tenía la cara vuelta hacia el techo y los ojos cerrados. "



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