Mildred Pierce (fragmento)James M. Cain

Mildred Pierce (fragmento)

"Al cabo de unos días, la situación económica de Mildred mejoró bastante, porque en seguida resultó ser la mejor camarera del local, no sólo por lo bien que servía, sino por su maña en conseguir propinas. El truco de mantener los platos en equilibrio lo aprendió en casa, ensayando a la hora en que las niñas estaban acostadas. Usó platos de metal, cargados de piedras del jardín, y llegó a poner hasta tres entre los dedos de la mano izquierda, dos más en el brazo y, sin sacar la lengua, dar vueltas a la mesa de la cocina sin que nada se le cayera.
Respecto a las propinas, intuyó que dependía de los clientes habituales que dejaban monedas de diez centavos, en vez de mera calderilla. Se concentró en los hombres, como hacían todas, porque eran mucho más generosos que los mujeres. Se las arregló para saber sus nombres, acordarse de sus gustos, aversiones y manías, y vigiló que Archie hiciera lo que querían. Aunque el coqueteo silencioso era una cosa que se le daba bien, descubrió en seguida que no servía de nada. Dar de comer a un hombre era, por lo visto, un acto de intimidad muy antiguo; si se rebasaban sus límites, el hombre se sentía incómodo, y se imponía un aire de banalidad, fuera de lugar, en una relación esencialmente solemne. Lo que él quería, al parecer, era que le sirvieran amistosamente y con sencillez, a la vez que prestando minuciosa atención a sus necesidades personales, y, de esta manera, consiguió que le invitaran a menudo a dar una vuelta en coche, a cenar o a ir al teatro. Las primeras veces no supo cómo debía tomárselo, pero en seguida encontró la fórmula para rehusar sin ofender. Les decía que no quería dejar de gustarles, que quizá «la mirarían con otros ojos cuando la vieran sin uniforme». Con esto lograba inspirarles el vivo temor de que quizá no fuera tan atractiva vestida de calle, sin que, a la vez, no dejara de parecerles una pobre chica, inspirándoles la suficiente pena para seguir creyéndose obligados a frecuentar el local y darle oportunidad de servirles comida. Descubrió que lo de tocarle la pierna ocurría a diario y que más valía resignarse. Incluso a los que le metían mano podía convertirles, con maña, en generosos clientes que deseaban demostrar cuán buen corazón tenían.
Se mantuvo a distancia del restaurante en sí, y del personal relacionado con él. Esto no era totalmente resultado de sus ideas de superioridad social. En su fuero interno creía que la cocina dejaba mucho que desear, y temía enzarzarse charlando, por miedo de decir lo que pensaba, y de que la despidieran. Por eso decidió confiarse exclusivamente a la señora Gessler, a quien cada noche entretenía con una durísima descripción de la forma en que hacían las cosas. De lo que más se quejaba era de las tartas. Las compraban a la Handy Kaking Company, y la señora Gessler se reía con ganas de los detalles con que Mildred intentaba convencerla de su poco apetitoso aspecto, de lo pegajoso y desgustado de sus rellenos, y de lo dura e indigesta que era la pasta. En cambio, en el restaurante, ponía buena cara a todo, hasta el día en que oyó cómo Ida gritaba al señor Chris. "



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