Un revuelto de monstruos (fragmento)Eugène Manuel

Un revuelto de monstruos (fragmento)

"El curso del verdadero amor no suele deslizarse en forma suave, por aquí está el Hombre Salvaje de Madagascar, con su cara completamente tatuada de azul, Amarillo y verde, observando celosamente a la coqueta. Aprovechando la abstracción del caballero con la faz multicolor, un niño travieso, con las manos como las patas de un pato, le está poniendo sal a su vino, en obediencia a las perversas indicaciones del ignorante salvaje, quien en público come ratas vivas, y profiere el grito de guerra de su tribu, pero que, cuando es liberado de las exigencias del negocio, es un joven tímido, con gafas azules y espinillas.
El hombre con demasiadas piernas, y el que no tiene ninguna; la mujer con cara de cerdo; el infante moteado, el cíclope, con su único ojo en medio de la frente; la sirena, con sus hombros cubiertos con centelleantes escamas, -todas estas maravillas vivientes podían ser vistas sentadas en la misma mesa festiva, comiendo, bebiendo, aullando, chillando. Después de la cena, y generalmente los Domingos por la tarde, se realizaría un baile informal amistoso. ¡Qué danza de muerte! Los sueños más salvajes de un pintor alemán, después de una cena de chuletas de cordero, y una larga tarde gastada leyendo el Infierno del Dante, no podrían conjurar una pesadilla peor que esta. A la áspera música de un resoplante órgano a pipa desafinado, el galope infernal duraba toda la noche; un monstruo arrastraba a otro, y la mujer enana se aferraba desesperadamente a hombres gigantes. El piso de la habitación temblaba bajo las pisadas de esas espantosas apariciones, cuyas pavorosas formas podrían ser vistas débilmente surgiendo a través de nubes de polvo espeso y enceguecedor que se elevaba en cada esquina. Pero los pobres parias, desheredados, privados de todas las alegrías de la vida, son gente buena y honesta. No hacen daño, siempre pagan sus cuentas, y están satisfechos con su destino, aunque cada uno aborrezca y compadezca a su hermano en desgracia. Los enanos elevan sus narices hacia los gigantes, quienes, a cambio, miran hacia abajo a todos los Pulgarcitos, mientras que el hombre con muchos pies declara que el tipo que camina sobre sus manos no tiene una pierna sobre la cual pararse. "



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