La decisión de Sophie (fragmento)William Styron

La decisión de Sophie (fragmento)

"Mi hogar era, en aquel tiempo, un minúsculo cubículo de dos metros y medio por cuatro y medio en un edificio de la calle Once Oeste, situado en el Village y perteneciente al grupo de construcciones University Residence Club. A mi llegada a Nueva York, este lugar me había atraído no sólo por su nombre, que traía a mi imaginación la camaradería propia de la Ivy League, mesas cubiertas de bayeta en el salón de tertulia y, esparcidos sobre ellas, ejemplares del New Republic y de la Partisan Review, criados de cierta edad con levita yendo de un lado a otro llevando mensajes y encargándose de todo lo que uno necesitara, sino por sus reducidos precios: diez dólares semanales. La semejanza con la Ivy League resultó ser, por supuesto, una necia ilusión. El University Residence Club no era más que un pequeño bloque sobre un hotel de mala muerte, y difería hasta tal punto de los apartamentos de la calle Bowery, por ejemplo, que la denominación de «privado» que se daba a los alojamientos era tan nominal que se reducía a una puerta cerrada con llave. Todo lo demás, incluida la pensión, se parecía mucho al resto del edificio, un hotelucho, excepto en los pequeños detalles. Paradójicamente, el decorado de los cuartos era admirable, casi elegante. Desde una ventana con incrustaciones de mugre, la única de mi habitación, que era interior y se hallaba en el cuarto piso, podía dirigir la mirada hacia el encantador jardín de una casa de la calle Doce Oeste, y a veces, contemplar a los que yo consideraba dueños de aquel edén: un hombre de aire joven siempre vestido con trajes de cheviot, a quien yo imaginaba como un astro ascendente de los que aparecían en The New Yorker o en Harper’s, y su rubia y vivaracha esposa, sorprendentemente bien proporcionada que pirueteaba por el jardín en pantalones o en traje de baño, retozaba con un ridículo y excesivamente atildado podenco afgano, o yacía, piernas y brazos abiertos, en una poltrona marca Abercrombie & Fitch, donde yo la poseía de pensamiento, hasta quedar agotado, después de lanzarle con mi mirada un sinfín de dardos de deseo silenciosos, lentos y certeros.
Por aquel entonces, la sexualidad, o más bien su ausencia, con la ayuda de aquella monada de jardincillo, sin olvidar las personas que lo ocupaban, parecía ponérseme delante para hacer aún más insoportable el degenerado carácter del University Residence Club y agravar mi pobreza, mi soledad y mi condición de marginado. Los clientes de aquel edificio, todos masculinos, la mayoría de media edad y aun más viejos, gente a la deriva o fracasada cuyo próximo paso atrás los conduciría a un barrio de mala vida, desprendían una agria emanación de vino y desesperación cada vez que nos ladeábamos para hacernos paso al cruzamos en los estrechos y descascarillados pasillos. No un viejo y amable conserje, sino algunos empleados con aspecto de reptil (todos con este tono de piel verdoso propio de los seres privados de luz diurna) montaban guardia en el vestíbulo, iluminados por la trémula luz de una bombilla que pendía del techo; también hacían funcionar el único y crujiente ascensor, misión que cumplían tosiendo y rascándose, llenos de hemorroidales torturas, durante la interminable ascensión al cuarto piso donde tenía mi habitación, en la que aquella primavera, noche tras noche, me confinaba como un anacoreta medio loco. La necesidad me había obligado a soportar todo esto, no sólo porque no tenía dinero suficiente para darme una vida más amena, sino porque, siendo relativamente nuevo en la metrópoli y sintiendo menos timidez que orgulloso retraimiento, carecía tanto de la iniciativa como de la oportunidad de hacer amigos. Por primera vez en mi vida, que a lo largo de los años había sido a veces neciamente gregaria, descubrí el dolor de la soledad no deseada. Como un criminal súbitamente reducido a solitario confinamiento, me encontré alimentándome de la grasa aún no quemada de unos recursos somáticos interiores cuya existencia apenas conocía. Cierto atardecer de mayo, en el University Residence Club, mientras contemplaba la mayor cucaracha que hubiese visto ramonear alguna vez mi ejemplar de La poesía y la prosa completas de John Donne, vi de pronto el rostro de la soledad, y me percaté de que, sin lugar a dudas, era un rostro desagradable y despiadado. "



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