Carta a mi madre (fragmento)Georges Simenon

Carta a mi madre (fragmento)

"Hoy, es de la Henriette de verdad de la que quisiera encontrar el alma.
En la Rue Léopold, donde pasaste tu primer año de mujer casada, teníais, mi padre y tú, una vivienda de dos habitaciones, encima de una sombrerería, y habías de bajar medio piso para encontrar un grifo.
Era un piso de gente humilde y se podía pensar que, toda tu vida, tuviste interés en formar parte del mundo de los humildes.
Te asombraría mucho enterarte de que a mi edad yo me acerco cada vez más a él, porque siento que es también mi mundo y porque es el mundo de la verdad.
El señor Reculé representaba para ti, con su pensión de jubilado del Nord Belge, la seguridad. Existía otro que, sabe Dios por qué y cómo, formó parte por un momento de nuestros allegados.
Se llamaba señor Rorive. Era bajo, regordete, de tez sonrosada como la de los bebés. Además, estaba exageradamente atento a su persona y sospecho que debía de llevar un trapo en uno de sus bolsillos para limpiarse el polvo que se posara sobre sus zapatos amarillos.
El señor Rorive había regentado una mantequería durante muchos años, entre el olor un poco agrio de la mantequilla y el queso. Su mujer no era más alta que él y era también gruesa.
Cuando se los veía a los dos, muy limpios, bien vestidos, con una sonrisa ingenua en los labios, se sentía, aún sin quererlo, una impresión de plenitud.
Tú admirabas mucho al señor y a la señora Rorive. Un día pediste incluso a tu hermano, el que tenía un castillo, que te prestara un poco de dinero para abrir una mantequería. Tu hermano se negó. Era un hombre de negocios y las mantequerías, las Hermanitas de la caridad, no eran de su competencia.
Entonces, para ganar el dinero a toda costa, para asegurar tu porvenir y tener la certeza de no volver a conocer nunca más la miseria, convenciste a Désiré para que alquilara una casita en la calle vecina de aquella en la que vivíamos.
Todas las casas del barrio eran modestas, casi todas iguales, salvo el color de las puertas y los marcos de las ventanas. Pusiste en la fachada un cartelito: «Se alquilan habitaciones amuebladas».
Al mirarte, tan frágil en la cama, yo me pregunto si habría sido un acto de crueldad por tu parte. Debías de conocer el carácter de mi padre. Era un hombre que tenía mucho apego a su tranquilidad, a su sillón de mimbre, al que volvía todas las noches, a sus zapatillas, a la lectura de su periódico.
Después de tan sólo tres años de matrimonio, la pequeña Henriette, a la que sus hermanas llamaban un «pajarillo para el gato», se atrevía a imponer su voluntad al gran Désiré.
A mí me disgustó. Siendo muy niño aún, sentí que una especie de desequilibrio se había establecido en la casa, en la que sólo contabas tú, en la que trabajabas intensamente tú, de la mañana a la noche, en la que te desgastabas las manos haciendo grandes coladas, y el hombre que, al volver a casa, encontraba a menudo su sillón ocupado por un polaco y un ruso, su periódico entre las manos de otro.
Ahora sé que nunca hubo maldad por tu parte, ni siquiera —podría decir— egoísmo. Seguías tu destino, como el tío del castillo, y nada, ninguna sensibilidad, podía interponerse. "



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